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3ª Parte
Cuatro días después, el rey Rinnich y unos cuantos guerreros supervivientes llegaron a Temair. Se congregó una multitud y enseguida se les preguntó: "¿Qué ha sido de la Sangre de Cu Chullain?" "Ha caído en la batalla", contestó Rinnich.
Liadain, que se encontraba entre la multitud, echó a correr a ciegas, tropezó y cayó al suelo helado. Se levantó y reemprendió la carrera. No sabía a dónde iba, tan sólo sentía la necesidad de correr. Finalmente, al llegar a las colinas boscosas del este, se apoyó contra un viejo roble.
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Un rayo de sol incidió en su rostro y en ese momento sintió un raudal de dolor: no pensaba sino en Curithir, a quien ya no volvería a ver. Pasó muchos días junto a un arroyo que discurría por entre los árboles como un reguero de cristal. Una tarde empezó a nevar y cuando ya creía que no podría soportar más tiempo su dolor, profirió un grito, cayó de bruces al suelo y cerró los ojos. La nieve que cubría su vestido se derritió en pequeñas gotas húmedas que lanzaban guiños de luz mientras ella se entregaba al suelo helado

perdiendo el conocimiento. Las gentes de Temair habían salido a buscarla por colinas y ríos, pero nadie encontró a Liadain. Nadie la oyó cantar de nuevo y muchos la dieron por muerta. Fue muy llorada, pues cuantos la conocían sentían gran aprecio por Liadain. A altas horas de la noche Liadain despertó al oír chirriar los goznes de hierro de una puerta y vio que estaba acostada en una cama tibia. Un monje entró silenciosamente en la habitación.
"¿Dónde estoy?", preguntó ella. "Estás en el monasterio de Clonfert. Dios te acompañe, quienquiera que seas". Conversaron en voz baja y el monje fue respondiendo todas las preguntas que le hacía Liadain. Al final, consciente de que no estaba con Curithir, ela susurró: "Ya no me queda otra razón para vivir que Dios". "Es el camino más arduo -le dijo el monje-, "piénsalo bien". Acercándose a ella, le habló en voz baja: "No sé cómo habrás llegado hasta aquí, pero ten presente que sólo deben buscar la vida contemplativa quienes hayan sentido en su interior la llamada des espíritu de Dios. Es una vocación destinada tan sólo a unos pocos que, por gracia y predisposición, puedan atenderla".
Le tomó la mano y la colocó bajo las mantas. Tras abandonar el monje la habitación, Liadain estuvo largo rato tendida sin conciliar el sueño. Sin más guía que la luz de su corazón, se dirigió a una pequeña iglesia situada al otro lado del patio helado. Allí se arrodilló para cantar una plegaria en su propia lengua:

Por la mañana despertó sobre un suelo de piedra, pero en su interior tenía la certeza de que a partir de entonces serviría al Rey de los Cielos y viviría o moriría por ello.
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Al sur de allí, en Benn Etair, al mismo tiempo que Liadain rezaba, Curithir abrió los ojos y vio dos manos. Al observarlas moverse, supo que eran las suyas. Oyó el crujido de una rueda de madera y pudo alzar la mirada lo suficiente como para ver que un enano apilaba en un carro los fragmentos de armas. Curithir emitió un gemido y todo volvió a quedar oscuro en su mente.

El enano era Lomna Druth. Se aproximó a Curithir, vio que estaba vivo y se apiadó de su sufrimiento. Hizo que su jaco doblase las patas delanteras en el barro seco y endurecido y empleó todas sus fuerzas para subir a Curithir al carro y llevarlo a su casa de las montañas de Partry. Lomna cuidó las heridas de Curithir e imploró al cielo que ayudase al guerrero. Colocó su rechoncho dedo índice sobre los labios de Curithir formando una gruz y recitó los salmos que se sabía de memoria. Al cabo de muchos días, Curithir fue recuperando fuerzas y, cuando pudo por fin sostenerse de pie, regresó de inmediato al campo de batalla en busca de Aelai. Lo tomó en brazos y lo llevó con suavidad hasta un precipidio sobre el mar. Con la ayuda de Lomna, cavó una tumba y, acunando a Aelai en sus brazos, depositó su cadáber en la fría tierra. Curithir colocó un menhir encima, junto a dos azaleas blancas que temblaban en el aire como pequeñas monjas.

Curithir hizo noche allí. Al día siguiente, Lomna se acercó a Curithir a la hora del crepúsculo, como seguiría haciendo muchos días, para preguntarle: "¿Estás preparado para hablar?" Curithir meneaba la cabeza y Lomna se marchaba. Curithir pasó muchos días negándose a hablar. A veces Curithir observaba en el cielo que se divisaba entre las colinas un camino que conducía a otro mundo situado más allá del horizonte.

Una tarde en que se encontraba mirando en esa dirección. sobre el pálido cielo se dibujó brevemente una figura en un risco situado entre dos montes. Al acercarse la figura, Curithir pudo ver que era un anciano de más de dos metros de altura, aunque encorvado por la edad.

Vestía de lino y llevaba una capucha pintada con caracolas y peces de mar, tan vieja y ajada como él. No llecaba más pertenencias que un bastón, desgastado y alisado en su parte central. El anciano se acercó a Curithir y le dijo: "Dios te acompañe, quienquiera que seas". Curithir, sin embargo, no dijo nada. "Soy Cummin el Alto, deoradh (peregrino) de los Céile Dé. He estado en el este. ¡Ay, lo que han visto mis ojos! ¡Mira!" Le mostró una piedra pequeña y sin nada de particular. "Es del Gólgota, de debajo de la cruz de Jesús". Curithir siguió sin decir nada. "¿Qué te aqueja? ¿Por qué contemplas esta tumba?", preguntó el deoradh. "Mi hermano está ahí". "Y seguirá estando algún tiempo".
Curithir alzó la mirada, enfadado. "Pronto vengaré la muerte de mi hermano, sólo que ahora estoy de luto, como se ve. He perdido a un ser muy amado". Cummin le preguntó: "¿Qué conoces del amor?" "Conozco un amor más grande que todo el amor del mundo". "El Reino de los Cielos es amor -dijo el viajero- Que los muertos entierren a los muertos. Hay que acordarse de vivir". Curithir se sentó derecho de repente. Esas habían sido las últimas palabras que Liadain le había dicho y lo habían despertado.
Se pusieron a charlar. El monje se inclinó para colocar una mano sobre Curithir y su túnica se abrió por el cuello dejando ver una cinta de cuero de la que pendía un ancla de bronce incrustada de brillantes esmeraldas y rubíes. Curithir se inclinó y colocó su mano tras el ancla para observarla. "Yo he visto esto en sueños -dijo-. "¿Qué significa?" Tras una pausa, añadió: "¿Que debo seguir a Dios, como tú?" "Que hayas visto esta ancla en sueños no significa que debas seguir a Dios sino que Dios te sigue". "Quizá sea así -dijo Curithir-, pero he de vengar la muerte de mi hermano". Andando el tiempo, Cummin el Alto prosiguió su camino.
Tres días más tarde Curithir partió en dirección a Temair, animado por el deseo de encontrar entre su gente al asesino de Aelai y de buscar a Liadain.
Curithir se dirigió al noroeste llevando su capa en una bolsa a la espalda y llegó a la fuente del patio de Temair. La gente se congregó a su alrededor, gozosa de verlo llegar con vida. Curithir gritó a la gente: "¿Dónde está esa mujer llamada Liadain?" Todos guardaron silencio, pero una persona que estaba al lado de Curithir le susurró: "No está... Hay quien dice que ha muerto". Atraído por el bullicio, Rinnich salió de repente al patio, se acercó directamente a Curithir y se colocó ante él. Ambos clavaron sus espadas en el suelo junto a su costado en señal de saludo. Antes de que pudieran hablar, el sol iluminó la empuñadura de la espada de Rinnich.

Había en ella una hilera de cinco gemas purpúreas y un pequeño hueco vacío destinado a albergar otra gema. Con manos trémulas, Curithir extrajo de un bolsillo mal cosido de su camisa de piel de ciervo la amatista que traía desde el campo de batalla y la hizo encajar perfectamente en el sexto punto de engarce. Curithir fijó su mirada en el rey y montó en cólera. En los ojos de Rinnich se percibía el miedo. Con la avidez que se adueña de los hombres de armas, Curithir movió su espada a izquierda y derecha sobre el cuello de Rinnich, donde tropezó con un objeto duro. La túnica de Rinnich se abrió y bajo su ropa apareció el torque de oro. Antes de que Rinnich pudiera darse la vuelta y huir, Curithir lo atravesó con su espada. Después la extrajo y el cadaver cayó al suelo. Curithir cogió el torque y luchó hasta deshacerse de tres agraviados guerreros que tuvieron el valor de intentar defender al traicionero rey. Durante un año entero Curithir recorrió Irlanda en busca de Liadain. Tanto se acordaba de ella que se sentía siempre triste y no podía dormir. Caminó muchos kilómetros y conoció a muchos reyes, pero ninguno de ellos sabía nada de Liadain. Caminó por toda la costa y conoció a muchos marineros, pero nadie sabía nada de Liadain. Un día, en un patatal, encontró a un agricultor agachado junto a una pequeña hoguera. Curithir le contó su historia y el agricultor le contestó: "Hace tan sólo cuatro noches oí esos cantos que describes. Provenían de la isla de Clonfert".

Curithir montó a Iala y cabalgó apresuradamente hacia la isla. Cruzó el agua en una barquilla de cuero y encontró a Liadain asomada al mar y vestida con una capa oscura y desgarbada. Al ver a Curithir, sus mejillas se cubrieron de lágrimas que caían a la tierra negra

Le dio la bienvenida con un beso inocente. Sentían alegría. "Te creía muerto. ¿Cómo has llegado hasta aquí?", preguntó liadain. Curithir se limitó a susurrar: "Te he encontrado". Alzando el tono de voz, y con mucho orgullo, añadió: "¡Por fín te he encontrado!" Tenía la capa rota debido a las zarzas y espipnos que se le habían clavado en los brazos y las piernas. Liadain tomó flores, hierba fresca y una planta llamada sunkind, las ató con tiras de lino de su bata y le vendó las heridas.
"Ahora podemos irnos y estar juntos", dijo Curithir. Pero el sol escondió su rostro y la tierra se oscureció. Sopló el viento del oeste y dos fieros halcoes surcaron el cielo. Curithir abrazó a Liadain y después se echó hacia atrás para mirarla a los ojos. "No -le dijo ella en voz baja-. Ha pasado demasiado tiempo. Antes... sí, pero ahora soy de Dios, aquí y sólo aquí". Lo dijo porque poseía gran fuerza. La luz que iluminaba a Curithir desde el principio se apagó entonces.
Por la mañana Curithir salió afuera y vio a Liadain ante una piedra de oración. Vio sus brazos extendidos como la neblina azul mientras velaba la cruz y percibió en ella un fulgor luminoso que no le venía de arriba sino de su propio interior. Vio también una hoja que le había caído sobre los hombros, en el comienzo del cuello. La contempló durante largo rato y entonces, sin mediar sonido alguno, se acercó hasta colocársele delante, de forma que ella pudiera verlo. Aunque Liadain miraba hacia adelante, no lo veía, pues tenía fija la mirada en el cielo que había sobre él. Curithir se marchó apesadumbrado. Regresó al monasterio para recoger su espada y después bajó por un sendero hasta la costa. Allí encontró otra barquilla de cuero en la cual cruzó el mar remando con furia.

Cuando Liadain se dio cuenta de su marcha, subió a lo más alto de la isla y allí percibió la permanencia de su elección. Apoyándose en la rama de un árbol y forzando la mirada en dirección al norte, Liadain sollozó por su amado. Cantó entonces estas palabras, que conmovieron su fe:
Tan alto y lejano como la luna y las estrellas tan frío como el aire de montaña ¿por qué arrebatarme este amor que siento y dejarme en la desesperación? Mi corazón está seco como la arena y el polvo y hueco como un árbol muerto, más vacío que las tumbas de piedra. ¿Acaso es la fe tan sólo vanidad? ¿Quién consiente este dolor mío sino nuesto Dios de las alturas? Nunca podré unir el cielo, el destino y el amor.
Más tarde Liadain encontró en su celda una nota escrita sobre un pergamino húmedo. En ella decía:
Liadain de mi corazón: no sufras cuando me haya ido. Mi infortunio crece a diario pero hasta en la tumba hay que evitar la tristeza.
Curithir flotó sobre el mar en silencio por espacio de tres días. Puso rumbo norte en dirección a Escocia, bordeando las costas occidentales hasta la isla sagrada de Iona. Allí, bajo un sol silencioso, oyó aquel sonido que conocía desde niño, el cántico de los monjes. El sonido se difundió sobre el mar tranquilo y volvió a ascender y descender como olas sobre una costa de guijarros. Ave cuius nativitas Nostra fuit benignitas Ut lucifer lux oriens Vernum solen praeveniens Que significa: "Saluda este nacimiento que ha sido nuestra bondad como el lucero del alba y la luz de oriente que aparece ante el verdadero sol". Los monjes cantaban como lo habían hecho durante toda la vida de Curithir, quien se acercó a la costa para oír mejor.
Al hacerlo, alzó la mano para quitarse del cuello el torque de oro. Lo introdujo en el agua y lo soltó. Vio cómo se hundía, girando arremolinado hasta perderse como los días de su vida. Cuando ya no pudo ver el torque de Cu Chullain, saltó por la borda y nadó con sus fuertes brazos hasta la isla de Iona. Allí ingresó en la Sagrada Orden porque, al perder a Liadain, había perdido también el deseo de vengar la muerte de su padre e incluso las ganas de vivir.

Aunque no existe ningún lugar que pueda considerarse totalmente vacío, sentía que su corazón casi lo estaba y sabía que aunque consiguiera encontrar las piezas de su amor, ya no podrían unirse nunca más.
Una noche, muchos años después, cuando ya estaba encorvado por la edad, aplastó bajo una piedra la gema purpúrea de la espada del rey Rinnich, que se dividió en mil facetas más pequeñas, como los gragmentos de su corazón, cuyas múltiples partes seguían queriendo y adorando aunque, después de alguien tan único como Liadain, no pudieran ya buscar amor terreno.

Con frecuencia se paraba sobre las piedras rojas y redondas de Iona, junto al mar de espejo, contemplando a lo lejos Irlanda y pensando:
"No he conocido otro amor terrenal que el que sentí por Liadain. Ningún amor supera al que me inspiró Liadain. Liadain fue mi gozo terreno. Dejémoslo así."
FIN
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Traducción: José Antonio Torres Almodóvar. Relato de John Stuart Dick ,basado en el fragmento poético del siglo IX que aparece en “Comrac Liadaine Ocus Cirither”







































































Una vez en tierra, Fergus se adelantó a caballo para comunicarle al rey que habían llegado los hombres a quieres había llamado.








