LA LEYENDA DEL MURCIELAGO

Si eres de esas personas que más de una vez se han quedado maravilladas observando la belleza de una mariposa

o los colores de un pavo real,

te sorprenderá saber que esa belleza no es más que la sombra de lo que una vez fue el murciélago: el ave más bella de la Creación.

 

Aunque de esto hace tanto tiempo que ni los más viejos lo recuerdan, ni siquiera los abuelos de los más viejos tendrían esa imagen. Sólo buscando entre los manuscritos antiquísimos

conservados en viejas bibliotecas encontrarás referencias a la historia que aquí se cuenta. El murciélago al principio era tal y como lo conocemos hoy y se llamaba biguidibela (biguidi = mariposa y bela = carne; el nombre venía a significar algo así como mariposa desnuda). Un día frío subió al cielo y le pidió plumas al creador, como había visto en otros animales que volaban.

 

Pero el creador no tenía plumas, así que le recomendó bajar de nuevo a la tierra y pedir una pluma a cada ave.

Y así lo hizo el murciélago, eso sí, recurriendo solamente a las aves con plumas más vistosas y de más colores. Cuando acabó su recorrido, el murciélago se había hecho con un gran número de plumas que envolvían su cuerpo.

Consciente de su belleza, volaba y volaba mostrándola orgulloso a todos los pájaros, que paraban su vuelo para admirarle. Agitaba sus alas ahora emplumadas, aleteando feliz y con cierto aire de prepotencia. Una vez, como un eco de su vuelo, creó el arco iris.

Era todo belleza. Pero era tanto su orgullo que la humildad quedó sin lugar en nuestro murciélago, que cada vez se tornaba más ofensivo para con las aves. Con su continuo pavoneo, hacía sentirse chiquitos a cuantos estaban a su lado, sin importar las cualidades que ellos tuvieran.

Hasta al colibrí le reprochaba no llegar a ser dueño de una décima parte de su belleza. Así hasta que el Creador, viendo que el murciélago no se contentaba con disfrutar de sus nuevas plumas, sino que las usaba para humillar a los demás, le pidió que subiera al cielo, donde también se pavoneó y aleteó feliz. Aleteó y aleteó mientras sus plumas se desprendían una a una, descubriéndose de nuevo desnudo como al principio. Durante todo el día llovieron plumas del cielo,

y desde entonces nuestro murciélago ha permanecido desnudo, retirándose a vivir en cuevas

y olvidando su sentido de la vista para no tener que recordar todos los colores que una vez tuvo y perdió.

 

(Leyenda tradicional mexicana - Oaxaca)