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1ª Parte
En el norte de Irlanda, hace mucho tiempo, hubo un muchacho que vivía en una aldea de la ondulada tierra silvestre próxima al mar.

Su nombre era Curithir y vivía con su padre, que se llamaba Duborchu, y con su hermano menor Aelai. En el centro de la aldea se perfilaba sobre el cielo un monasterio

de piedra desgastada por el mar y diseminadas a su alrededor se aferraban al suelo muchas pequeñas casas que acusaban el paso de los años.
Una noche asomó reluciente la luna de entre las altas y delgadas nubes. Tocaron las campanas de la torre.
Con la llegada del claro de luna, las hermosas voces de los monjes que lo habitaban se alzaron desde el monasterio como el humo de una chimenea entonando conceptos divinos: Ave María, gratia plena, Dominus tecum, Virgo serena; que significa "Salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo, Vírgen serena".
En la costa, las olas seguían desplomándose sobre la playa, filtrándose en la arena y barriendo las piedras al regresar al mar. En aquella aldea se respiraba una gran paz. Las voces que ascendían y el romper de las olas eran sonidos que Curithir había escuchado todas las noches de su vida tendido en su lecho de paja. Aquella noche nada se movía en el pueblo a excepción de un curioso

perro alto y delgado, de color marrón y con dos patas blancas, que iba trotando por un camino muy hollado que bordeaba el océano. De repente se detuvo, adelantando las orejas y dirigiendo su aguda mirada hacia el mar.
A lo lejos había tres extraños barcos anclados con gruesas sogas bajo el claro de luna y entre sus mástiles brillaban intermitentemente las estrellas. El perro ladró a los numerosos guerreros vikingos que se encaramaban a esquifes de madera y remaban hacia la costa. Tras reunirse para formar un grupo, los vikingos treparon las angulosas rocas y caminaron hacia la aldea dormida, aferrando con firmeza sus pesadas armas para que no delatasen su presencia al entrechocar unas con otras

Se lanzaron sobre la aldea como una manada de toros furiosos. Las carreras, los gritos y el choque de los aceros despertaron a Curithir en el preciso instante en que su padre llegaba apresurado del exterior. "¡Huye ahora mismo a esconderte en el bosque!", le gritó mientras tomaba de la pared una espada y salía de nuevo. Curithir se levantó enseguida y fue a despertar a su hermano Aelai, que dormía en el rincón opuesto. Al hacerlo, un grito angustioso surcó el aire. Curithir miró a su alrededor y vio a su padre arrastrándose hacia adentro valiéndose tan sólo de los brazos y dejando tras de sí un largo reguero de sangre.

"Acércate -le dijo Duborchu con el aliento teñido de sangre-. No temas a la muerte ni a los vikingos. Escucha". Tomó en sus manos una caja de madera y de ella extrajo un pesado collar de oro.
Era un torque de los que usaban los guerreros en las batallas, un objeto asombrosamente macizo, de tres dedos de grosor, con engarces de gemas de colores y complejas incrustaciones de plata. "Este torque viene de muy antiguo -dijo Duborchu- y los reyes lo buscan desde hace siglos. Como ya te habré contado muchas veces, eres descendiente de Cu Chullain, el guerrero más importante de Irlanda, que consiguió hacerse con la victoria él solo en la guerra del Tain. Este torque le perteneció, debes protegerlo y proteger a tu hermano". Tras una pausa, y gracias a la gran fuerza que tenía, añadió: "Ahora vete y deja mi alma al cuidado de Dios".
Por la mañana seguían ardiendo muchos fuegos entre las humeantes ruinas. Los vikingos zarparon y se perdieron de vista en el horizonte septentrional llevándose veinte monjes como esclavos.

Habían destruido el monasterio y habían arrojado al mar las sagradas escrituras y los evangelios que los monjes custodiaban. Dos días después, Duborchu fue enterrado en una estrecha tumba en un lugar en el que riñen las chovas de negro plumaje entre las altas hierbas amarillas.

Aunque permaneció de día y de noche junto a la tumba, Curithir no lloró. Duborchu había criado él solo a Curithir y a Aelai, dándoles a conocer las hazañas del antiguo guerrero. Les había contado la hazaña de la jabalina y la cuerda, la del trueno, la del filo de la espada y otras muchas. Aunque a ambos les enseñó a ser valientes, era Curithir quien poseía dotes extraordinarias y lo aprendía todo con facilidad. Curithir llevaba la vida muy a flor de piel y hasta los animales salvajes percibían que su espíritu poseía una luz oculta que, al tornarse llama mediante un soplo, podría oscurecer las estrellas.

Tras guardar treinta días de luto,

Curithir y Aelai partieron hacia los acantilados de Eorgh montando a Iala, la yegua negra.

Gráciles y delgados como dos medialunas, ambos cabalgaban sobre el mismo animal. Curithir retorció con una mano las crines de Iala, gritó "¡arre!" y la yegua galopó entre la hierba cimbreada por el viento. Cabalgaron ascendiendo en dirección este por encima de su aldea mientras el sol, asomado entre nubes moteadas, proyectaba en el cielo una corona de luz escarlata. Los campos en barbecho se iluminaron adoptando el color de una corona envejecida y ellos avanzaron cada vez más deprisa por los montes mientras la luz del sol proyectaba en ángulo bajo su enorme sombra presurosa sobre las colinas y cerros de Irlanda.

"¡Mira!" -exclamó Aelai en cuanto llegaron al acantilado. Curithir pudo entonces divisar al otro lado del mar la silueta azulgrisácea de Escocia. "¡Fíjate bien!". Ambos contemplaron los ondulados montes que descendían hacia el sur cubiertos de un suave manto de hierba. Los hermanos se colocaron al borde del precipicio y, cuando el sol se ocultó tras la marcada línea del horizonte, saltaron los dos a la vez, cayendo al agua rugiente. Cierto es que el sol poniente nos hace pensar en la inmortalidad. Quizá Dios crease la naturaleza de tal modo que, al término de cada día, el sol represente una muerte simbólica. Quizá Dios colocase el sol en el cielo para recordarnos nuestra vida de mortales y para que quienes tienen ojos vean. Desde la muerte de Duborchu, Curithir sentía un deseo intenso y doloroso, pero siempre que escudriñaba su mente para buscarle propósito, se desvanecía. Vadeó por las gélidas aguas hasta una playa semicircular de arenas blancas y le habló en silencio a Dios. "Yo no sé nada -, pero muéstrame cómo vengar la muerte de mi padre antes de que los vikingos maten a más personas de mi pueblo".
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Los jóvenes acamparon para hacer noche y por la mañana les despertó el ruido de cascos y el entrechocar de escudos. Curithir se levantó y vio que cabalgaban hacia él tres hombres con yelmos de forma cónica. Los guerreros llevaban espadas refulgentes y vestían de azul y amarillo con bordados de plata. Curithir sintió temor y tiró de su camisola de lino intentando ocultar sus pies descalzos.

El primer guerrero desmontó e hizo su acostumbrado saludo de paz clavando la espada en el suelo junto a su costado. Curithir hizo otro tanto, aunque su espada no era más que un juguete de la infancia y la hoja se rompió al chocar con el suelo. "Decidme, en nombre de Dios, ¿cómo puedo llegar a ser como vosotros?", preguntó Curithir. "Si quieres decir guerreros, siervos de un rey, todavía eres muy joven", dijo el guerrero. Curithir le explicó: "Soy joven, pero mi padre me ha preparado para la batalla." Los guerreros prorrumpieron en carcajadas. "Imaginaos... dos campesinos palurdos que no saben nada de las hazañas de la guerra", dijeron, dándole la espalda. "Pero... -dijo Curithir- ¿no podés decirnos dónde podemos aprender?" "En el sur", se limitó a decir el guerrero mientras se alejaba cabalgando con los demás, sin parar de reirse.
A la mañana siguiente Aelai y Curithir llenaron sus hatillos de salmón, bayas y agua. Curithir montó a Iala y Aelai subió a la grupa tras él. Curithir echó las riendas sobre los hombros de la yegua y se pusieron en marcha. En toda muerte hay también un nacimiento. Aunque la muerte de Duborchu había acabado con todo lo que podría haber sido Curithir, también le había insuflado una nueva vida. Su encarnación era completa: siempre que en su vida había incidido la duda, había adquirido certeza. Ahora estaba seguro de que, al margen de lo que pudiera acontecerle, se desenvolvería como guerrero al servicio de un rey y viviría o moriría por ello.
Tras muchos días de viaje, los hermanos sintieron cansancio. Al llegar la sexta tarde se detuvieron. Curithir construyó un refugio con ramas y cubrió a Aelai con una gruesa manta. Encendió una hoguera y estuvo junto a su hermano hasta que éste se durmió. Al anochecer sobre su campamento, Curithir oyó sonar a lo lejos un arpa y una voz angelical que cantaba:

Curithir avanzó en dirección a aquella voz hasta que divisó una iglesia de piedra que elevaba al cielo su forma puntiaguda.

Cruzó el campo, llegó a la puerta y se asomó al interior. Sentada junta al arpa había una mujer ataviada con un vestido largo de seda verde. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas doradas y la luz de las velas producía destellos sobre las hebillas de oro de sus sandalias. Sus manos blancas manejaban las cuerdas del arpa con dulzura.

"Tengo ante los ojos un espectro o un ángel -pensó Curithir-, pues no hay ser terrenal capaz de producir este sonido". Al terminar la canción, Curithir estaba solo a la intemperie y emitió un suspiro quedo, no más fuerte que el sonido de un libro al pasar la página, pero la mujer alzó de repente la mirada a la fría oscuridad y unos puntos dorados reflejaron en sus ojos las llamas de las velas. ¿Podría ella verle? Curithir tuvo la sensación de haber sido tocado por una mano. Se quedó parado un instante ante su mirada y después echó a correr, abrumado, pues jamás había visto una mujer así.
Ya en su campamento, atizó la hoguera y se tumbó. Estuvo allí tendido sin poder dejar de pensar en la figura de la mujer tocando el arpa hasta que ya no supo con certeza si la había soñado o la había imaginado.
Al día siguiente, los hijos de Duborchu llegaron a Temair. Allí, sobre un llano elevado, más de cien guerreros de la Rama de Plata entrechocaban sus espadas en un combate ficticio.
¡Qué feroces eran! A algunos los habían alimentado desde niños con la punta de la espada. El rey Rinnich el de la Lengua Oscura observaba a sus guerreros. Era Ri Tuatha, es decir, rey de un reino pequeño, y conducía con furia a sus guerreros porque estaba esforzándose por obtener el título de Alto Rey de Tara. Al acercársele Curithir, le dirigió una mirada imperiosa. "¿Qué hacéis aquí?" "Queremos ser guerreros -contestó Curithir-. Así lo hemos decidido".
Rinnich silbó y señaló con el dedo.
"Allí tenéis la cocina de los sirvientes. Marchaos, no sea que salgáis heridos". "Venimos preparados, no necesitamos que nos enseñen". "Los niños son siempre muy confiados",dijo Rinnich. El sol brilló sobre el torque de Curithir, haciendo que Rinnich se fijase en él. "¿De dónde ha sacado semejante torque un joven descarriado?", le preguntó. Curithir se llevó las manos al cuello. "Este torque -contestó- perteneció a Cu Chullain y yo soy descendiente suyo. Muchas generaciones de hombres lo han buscado".

Scathach, el sobrino del rey, gritó a Curithir, intentando arrebatarle el torque: "¡Menuda presunción! ¡Insultas al mejor nombre de Irlanda!"
Sin embargo, al rey Rinnich le interesó su reivindicación de un linaje regio y dijo a Curithir: "¿Es cierto que llevas la sangre de Cu Chullain?" "Así es", contestó Curithir.
Se había congregado un pequeño grupo de guerreros y uno de ellos dijo: "¿Cómo, si no, iba a tener él un gran tesoro de Irlanda?" otro dijo: "Pero, ¿por qué un descendiente de Cu Chullain no ha llegado a ser rey?"
Curithir guardó silencio. "Si, en efecto -dijo el rey Rinnich-, eres quien dices, tendrás que demostrarlo sometiéndote a la prueba de la jabalina. Allí a lo lejos verás un peral -dijo trazando con su espada una raya en el suelo-. Veamos quién de nosotros es capaz de darle a una pera a cincuenta pasos de distancia". Ferbaeth, un jefe de clan, se acercó a la raya con una jabalina, la lanzó y por dos palmos no consiguió darle a una pera de una ramá más baja.

Otros lo intentaron y muchos estuvieron apunto de lograrlo, pero nadie alcanzó ninguna pera.
Finalmente, se le entregó la jabalina a Curithir, que la levantó sobre su hombro y ocupó su lugar en la raya.
En ese momento divisó sobre un cerro lejano, vestida de color escarlata, a la mujer que había visto en la iglesia la noche anterior. Después de mucha concentración, corrió diez pasos hacia adelante, echó hacia atrás el brazo y con gran fuerza lanzó la jabalina hacia el cielo. El vuelo de aquella jabalina fue toda una canción y todavía hoy se lo recuerda en Irlanda: no avanzó temblorosa ni agitada sino que se remontó con perfecta estabilidad trazando una raya oscura en el cielo. Se alzó muy por encima del peral y los presentes se echaron a reir, pero la jabalina siguió ascendiendo aún más moviéndose, al parecer, a su albedrío. A tres veces cincuenta pasos más allá del árbol una liebre

emprendió una carrera por el campo y la jabalina cayó sobre ella, dejándola clavada al suelo. Todos sintieron asombro. Curithir se volvió hacia ellos y dijo: "La fruta no es suficiente reto para un guerrero de verdad". Algunos de los presentes se preguntaron quién era aquel joven y otros pensaron que su orígen no podía ser natural. Otro, elevando su voz por encima de los demás, dijo: "¡Por fuerza ha de llevar la sangre de Cu Chullain!" El aire se llenó de júbilo y los guerreros levantaron el hombros a Curithir. La fiesta bajo las estrellas duró hasta muy avanzada la noche y todos dijeron a Curithir: "eres la esperanza de Irlanda".
FIN DE LA 1ª PARTE
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mery
17 may 2009 | 10:40 PM
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