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La Coctelera

Categoría: Leyendas

11 Mayo 2009

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3ª Parte

Cuatro días después, el rey Rinnich y unos cuantos guerreros supervivientes llegaron a Temair. Se congregó una multitud y enseguida se les preguntó: "¿Qué ha sido de la Sangre de Cu Chullain?" "Ha caído en la batalla", contestó Rinnich.

Liadain, que se encontraba entre la multitud, echó a correr a ciegas, tropezó y cayó al suelo helado. Se levantó y reemprendió la carrera. No sabía a dónde iba, tan sólo sentía la necesidad de correr. Finalmente, al llegar a las colinas boscosas del este, se apoyó contra un viejo roble.

Un rayo de sol incidió en su rostro y en ese momento sintió un raudal de dolor: no pensaba sino en Curithir, a quien ya no volvería a ver. Pasó muchos días junto a un arroyo que discurría por entre los árboles como un reguero de cristal. Una tarde empezó a nevar y cuando ya creía que no podría soportar más tiempo su dolor, profirió un grito, cayó de bruces al suelo y cerró los ojos. La nieve que cubría su vestido se derritió en pequeñas gotas húmedas que lanzaban guiños de luz mientras ella se entregaba al suelo helado

perdiendo el conocimiento. Las gentes de Temair habían salido a buscarla por colinas y ríos, pero nadie encontró a Liadain. Nadie la oyó cantar de nuevo y muchos la dieron por muerta. Fue muy llorada, pues cuantos la conocían sentían gran aprecio por Liadain. A altas horas de la noche Liadain despertó al oír chirriar los goznes de hierro de una puerta y vio que estaba acostada en una cama tibia. Un monje entró silenciosamente en la habitación.

"¿Dónde estoy?", preguntó ella. "Estás en el monasterio de Clonfert. Dios te acompañe, quienquiera que seas". Conversaron en voz baja y el monje fue respondiendo todas las preguntas que le hacía Liadain. Al final, consciente de que no estaba con Curithir, ela susurró: "Ya no me queda otra razón para vivir que Dios". "Es el camino más arduo -le dijo el monje-, "piénsalo bien". Acercándose a ella, le habló en voz baja: "No sé cómo habrás llegado hasta aquí, pero ten presente que sólo deben buscar la vida contemplativa quienes hayan sentido en su interior la llamada des espíritu de Dios. Es una vocación destinada tan sólo a unos pocos que, por gracia y predisposición, puedan atenderla".

Le tomó la mano y la colocó bajo las mantas. Tras abandonar el monje la habitación, Liadain estuvo largo rato tendida sin conciliar el sueño. Sin más guía que la luz de su corazón, se dirigió a una pequeña iglesia situada al otro lado del patio helado. Allí se arrodilló para cantar una plegaria en su propia lengua:

Por la mañana despertó sobre un suelo de piedra, pero en su interior tenía la certeza de que a partir de entonces serviría al Rey de los Cielos y viviría o moriría por ello.

Al sur de allí, en Benn Etair, al mismo tiempo que Liadain rezaba, Curithir abrió los ojos y vio dos manos. Al observarlas moverse, supo que eran las suyas. Oyó el crujido de una rueda de madera y pudo alzar la mirada lo suficiente como para ver que un enano apilaba en un carro los fragmentos de armas. Curithir emitió un gemido y todo volvió a quedar oscuro en su mente.

El enano era Lomna Druth. Se aproximó a Curithir, vio que estaba vivo y se apiadó de su sufrimiento. Hizo que su jaco doblase las patas delanteras en el barro seco y endurecido y empleó todas sus fuerzas para subir a Curithir al carro y llevarlo a su casa de las montañas de Partry. Lomna cuidó las heridas de Curithir e imploró al cielo que ayudase al guerrero. Colocó su rechoncho dedo índice sobre los labios de Curithir formando una gruz y recitó los salmos que se sabía de memoria. Al cabo de muchos días, Curithir fue recuperando fuerzas y, cuando pudo por fin sostenerse de pie, regresó de inmediato al campo de batalla en busca de Aelai. Lo tomó en brazos y lo llevó con suavidad hasta un precipidio sobre el mar. Con la ayuda de Lomna, cavó una tumba y, acunando a Aelai en sus brazos, depositó su cadáber en la fría tierra. Curithir colocó un menhir encima, junto a dos azaleas blancas que temblaban en el aire como pequeñas monjas.

Curithir hizo noche allí. Al día siguiente, Lomna se acercó a Curithir a la hora del crepúsculo, como seguiría haciendo muchos días, para preguntarle: "¿Estás preparado para hablar?" Curithir meneaba la cabeza y Lomna se marchaba. Curithir pasó muchos días negándose a hablar. A veces Curithir observaba en el cielo que se divisaba entre las colinas un camino que conducía a otro mundo situado más allá del horizonte.

Una tarde en que se encontraba mirando en esa dirección. sobre el pálido cielo se dibujó brevemente una figura en un risco situado entre dos montes. Al acercarse la figura, Curithir pudo ver que era un anciano de más de dos metros de altura, aunque encorvado por la edad.

Vestía de lino y llevaba una capucha pintada con caracolas y peces de mar, tan vieja y ajada como él. No llecaba más pertenencias que un bastón, desgastado y alisado en su parte central. El anciano se acercó a Curithir y le dijo: "Dios te acompañe, quienquiera que seas". Curithir, sin embargo, no dijo nada. "Soy Cummin el Alto, deoradh (peregrino) de los Céile Dé. He estado en el este. ¡Ay, lo que han visto mis ojos! ¡Mira!" Le mostró una piedra pequeña y sin nada de particular. "Es del Gólgota, de debajo de la cruz de Jesús". Curithir siguió sin decir nada. "¿Qué te aqueja? ¿Por qué contemplas esta tumba?", preguntó el deoradh. "Mi hermano está ahí". "Y seguirá estando algún tiempo".

Curithir alzó la mirada, enfadado. "Pronto vengaré la muerte de mi hermano, sólo que ahora estoy de luto, como se ve. He perdido a un ser muy amado". Cummin le preguntó: "¿Qué conoces del amor?" "Conozco un amor más grande que todo el amor del mundo". "El Reino de los Cielos es amor -dijo el viajero- Que los muertos entierren a los muertos. Hay que acordarse de vivir". Curithir se sentó derecho de repente. Esas habían sido las últimas palabras que Liadain le había dicho y lo habían despertado.

Se pusieron a charlar. El monje se inclinó para colocar una mano sobre Curithir y su túnica se abrió por el cuello dejando ver una cinta de cuero de la que pendía un ancla de bronce incrustada de brillantes esmeraldas y rubíes. Curithir se inclinó y colocó su mano tras el ancla para observarla. "Yo he visto esto en sueños -dijo-. "¿Qué significa?" Tras una pausa, añadió: "¿Que debo seguir a Dios, como tú?" "Que hayas visto esta ancla en sueños no significa que debas seguir a Dios sino que Dios te sigue". "Quizá sea así -dijo Curithir-, pero he de vengar la muerte de mi hermano". Andando el tiempo, Cummin el Alto prosiguió su camino.

Tres días más tarde Curithir partió en dirección a Temair, animado por el deseo de encontrar entre su gente al asesino de Aelai y de buscar a Liadain.

Curithir se dirigió al noroeste llevando su capa en una bolsa a la espalda y llegó a la fuente del patio de Temair. La gente se congregó a su alrededor, gozosa de verlo llegar con vida. Curithir gritó a la gente: "¿Dónde está esa mujer llamada Liadain?" Todos guardaron silencio, pero una persona que estaba al lado de Curithir le susurró: "No está... Hay quien dice que ha muerto". Atraído por el bullicio, Rinnich salió de repente al patio, se acercó directamente a Curithir y se colocó ante él. Ambos clavaron sus espadas en el suelo junto a su costado en señal de saludo. Antes de que pudieran hablar, el sol iluminó la empuñadura de la espada de Rinnich.

Había en ella una hilera de cinco gemas purpúreas y un pequeño hueco vacío destinado a albergar otra gema. Con manos trémulas, Curithir extrajo de un bolsillo mal cosido de su camisa de piel de ciervo la amatista que traía desde el campo de batalla y la hizo encajar perfectamente en el sexto punto de engarce. Curithir fijó su mirada en el rey y montó en cólera. En los ojos de Rinnich se percibía el miedo. Con la avidez que se adueña de los hombres de armas, Curithir movió su espada a izquierda y derecha sobre el cuello de Rinnich, donde tropezó con un objeto duro. La túnica de Rinnich se abrió y bajo su ropa apareció el torque de oro. Antes de que Rinnich pudiera darse la vuelta y huir, Curithir lo atravesó con su espada. Después la extrajo y el cadaver cayó al suelo. Curithir cogió el torque y luchó hasta deshacerse de tres agraviados guerreros que tuvieron el valor de intentar defender al traicionero rey. Durante un año entero Curithir recorrió Irlanda en busca de Liadain. Tanto se acordaba de ella que se sentía siempre triste y no podía dormir. Caminó muchos kilómetros y conoció a muchos reyes, pero ninguno de ellos sabía nada de Liadain. Caminó por toda la costa y conoció a muchos marineros, pero nadie sabía nada de Liadain. Un día, en un patatal, encontró a un agricultor agachado junto a una pequeña hoguera. Curithir le contó su historia y el agricultor le contestó: "Hace tan sólo cuatro noches oí esos cantos que describes. Provenían de la isla de Clonfert".

Curithir montó a Iala y cabalgó apresuradamente hacia la isla. Cruzó el agua en una barquilla de cuero y encontró a Liadain asomada al mar y vestida con una capa oscura y desgarbada. Al ver a Curithir, sus mejillas se cubrieron de lágrimas que caían a la tierra negra

Le dio la bienvenida con un beso inocente. Sentían alegría. "Te creía muerto. ¿Cómo has llegado hasta aquí?", preguntó liadain. Curithir se limitó a susurrar: "Te he encontrado". Alzando el tono de voz, y con mucho orgullo, añadió: "¡Por fín te he encontrado!" Tenía la capa rota debido a las zarzas y espipnos que se le habían clavado en los brazos y las piernas. Liadain tomó flores, hierba fresca y una planta llamada sunkind, las ató con tiras de lino de su bata y le vendó las heridas.

"Ahora podemos irnos y estar juntos", dijo Curithir. Pero el sol escondió su rostro y la tierra se oscureció. Sopló el viento del oeste y dos fieros halcoes surcaron el cielo. Curithir abrazó a Liadain y después se echó hacia atrás para mirarla a los ojos. "No -le dijo ella en voz baja-. Ha pasado demasiado tiempo. Antes... sí, pero ahora soy de Dios, aquí y sólo aquí". Lo dijo porque poseía gran fuerza. La luz que iluminaba a Curithir desde el principio se apagó entonces.

Por la mañana Curithir salió afuera y vio a Liadain ante una piedra de oración. Vio sus brazos extendidos como la neblina azul mientras velaba la cruz y percibió en ella un fulgor luminoso que no le venía de arriba sino de su propio interior. Vio también una hoja que le había caído sobre los hombros, en el comienzo del cuello. La contempló durante largo rato y entonces, sin mediar sonido alguno, se acercó hasta colocársele delante, de forma que ella pudiera verlo. Aunque Liadain miraba hacia adelante, no lo veía, pues tenía fija la mirada en el cielo que había sobre él. Curithir se marchó apesadumbrado. Regresó al monasterio para recoger su espada y después bajó por un sendero hasta la costa. Allí encontró otra barquilla de cuero en la cual cruzó el mar remando con furia.

Cuando Liadain se dio cuenta de su marcha, subió a lo más alto de la isla y allí percibió la permanencia de su elección. Apoyándose en la rama de un árbol y forzando la mirada en dirección al norte, Liadain sollozó por su amado. Cantó entonces estas palabras, que conmovieron su fe:

Tan alto y lejano como la luna y las estrellas tan frío como el aire de montaña ¿por qué arrebatarme este amor que siento y dejarme en la desesperación? Mi corazón está seco como la arena y el polvo y hueco como un árbol muerto, más vacío que las tumbas de piedra. ¿Acaso es la fe tan sólo vanidad? ¿Quién consiente este dolor mío sino nuesto Dios de las alturas? Nunca podré unir el cielo, el destino y el amor.

Más tarde Liadain encontró en su celda una nota escrita sobre un pergamino húmedo. En ella decía:

Liadain de mi corazón: no sufras cuando me haya ido. Mi infortunio crece a diario pero hasta en la tumba hay que evitar la tristeza.

Curithir flotó sobre el mar en silencio por espacio de tres días. Puso rumbo norte en dirección a Escocia, bordeando las costas occidentales hasta la isla sagrada de Iona. Allí, bajo un sol silencioso, oyó aquel sonido que conocía desde niño, el cántico de los monjes. El sonido se difundió sobre el mar tranquilo y volvió a ascender y descender como olas sobre una costa de guijarros. Ave cuius nativitas Nostra fuit benignitas Ut lucifer lux oriens Vernum solen praeveniens Que significa: "Saluda este nacimiento que ha sido nuestra bondad como el lucero del alba y la luz de oriente que aparece ante el verdadero sol". Los monjes cantaban como lo habían hecho durante toda la vida de Curithir, quien se acercó a la costa para oír mejor.

Al hacerlo, alzó la mano para quitarse del cuello el torque de oro. Lo introdujo en el agua y lo soltó. Vio cómo se hundía, girando arremolinado hasta perderse como los días de su vida. Cuando ya no pudo ver el torque de Cu Chullain, saltó por la borda y nadó con sus fuertes brazos hasta la isla de Iona. Allí ingresó en la Sagrada Orden porque, al perder a Liadain, había perdido también el deseo de vengar la muerte de su padre e incluso las ganas de vivir.

Aunque no existe ningún lugar que pueda considerarse totalmente vacío, sentía que su corazón casi lo estaba y sabía que aunque consiguiera encontrar las piezas de su amor, ya no podrían unirse nunca más.

Una noche, muchos años después, cuando ya estaba encorvado por la edad, aplastó bajo una piedra la gema purpúrea de la espada del rey Rinnich, que se dividió en mil facetas más pequeñas, como los gragmentos de su corazón, cuyas múltiples partes seguían queriendo y adorando aunque, después de alguien tan único como Liadain, no pudieran ya buscar amor terreno.

Con frecuencia se paraba sobre las piedras rojas y redondas de Iona, junto al mar de espejo, contemplando a lo lejos Irlanda y pensando:

"No he conocido otro amor terrenal que el que sentí por Liadain. Ningún amor supera al que me inspiró Liadain. Liadain fue mi gozo terreno. Dejémoslo así."

FIN

Traducción: José Antonio Torres Almodóvar. Relato de John Stuart Dick ,basado en el fragmento poético del siglo IX que aparece en “Comrac Liadaine Ocus Cirither”

11 Mayo 2009

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2ª Parte

A altas horas de esa noche Curithir puso una piedra en una hoguera y más tarde la envolvió en una manta y la introdujo en su cama. El frío de la noche lo mantuvo despierto, pero al final consiguió conservar el calor del cuerpo y sintió fatiga. Cuando se durmió tuvo un sueño. En él, entraba en una iglesia en la que de nuevo se encontraba a la mujer que había visto tocando el arpa. El lugar estaba a oscuras, pero de la propia figura emanaba un fulgor. Cerca de ella, formando un círculo, había arrodillados doce monjes que, ocultos sus rostros tras las capuchas, entonaban un cántico.

Curithir alzó la mirada y vio pasar por arriba un barco como si se encontrara bajo el mar. Uno de sus tripulantes contempló aquella enorme estancia. En ese momento apareció, como si descendiera por el agua, un ancla adornada de esmeraldas y rubíes, posándose con suavidad sobre el suelo. Sonó como un chapoteo arriba y descendió el marinero, moviéndose por el aire como si nadase. Recogió el ancla e hizo una seña a Curithir.

Tiene su morada alrededor del Cielo, de la Tierra y del Mar y de cuanto en ellos hay. Todo lo inspira, todo lo aviva, todo lo domina, todo lo mantiene, alumbra la luz del Sol y de las Estrellas en ayuda de las luces más grandes.

Curithir miró a la mujer y ella sonrió, pero no en señal de bienvenida; su rostro se volvió hacia él, pero no lo vio y el marinero se marchó llevando consigo el ancla.

Al despertar, anheló de inmediato volver a encontrarse en la estancia de su sueño. Se desperezó y salió a caminar bajo las estrellas.

Se alejó de su choza hasta que surgió en oriente una cenefa de luz y cantaron juntas las estrellas del alba. Se frotó las manos, pues el aire era frío; el otoño había jugado su baza cubriendo de tonos dorados los árboles. Curithir siguió caminando hacia el este.

Esa misma mañana Imchach el Eremita llegó presuroso al albergue de los guerreros en Temair e hizo sonar tres veces la campana de bronce para despertarlos. Imchach gritó: "¡Diez barcos noruegos en Benn Etair... en el horizonte!"

El rey Rinnich ordenó al instante: "Aprestaos para la batalla y que todos los que puedan se dirijan a la costa". El rey Rinnich fue debajo del gran salón a la armería de Temair, una estancia con el suelo de tierra en la que se guardaban barriles de vino galo y de una bebida negra como el carbón. Mucho se engañan quienes no consideran que la pericia viene de Dios y oscura es la mente de quien se cree capaz de controlarla. En la herrumbre apolillada de su mente, Rinnich creía que la gran pericia de Curithir provenía del torque de oro y que podría pasar a quien lo poseyera. Los guerreros, encabezados por el rey Rinnich, se marcharon en dirección a la costa. Antes de marcharse, Scathach dijo a muchos muchachos demasiado jóvenes para luchar que buscasen a Curithir y lo convenciesen para que los ayudara en la guerra.

Esa tarde Curithir llegó a la misma pequeña iglesia en que había visto a la arpista. Entró y la vio en su interior, de pie entre las sombras. Sobresaltado, le preguntó: "¿Eres un ángel de Dios?".

Ella avanzó hacia la luz que penetraba por una puerta y sonrió. "No soy ningún ángel. Soy Liadain, arpista de Cain Bile, procedente de la Cascada Roja de Es Ruaid. Te he visto en sueños".

"También yo a ti -dijo Curithir-. En sueños he visto un hermoso país por el que a menudo he deambulado". Curithir la contempló y la encontró inmaculada. Juntos estaban ya y juntos permanecieron. Abandonaron la iglesia y caminaron por los campos cruzando varios ríos. Conversaron sin halagos ni vanidad y sin sentir el menor cansancio. Jamás hubo dos personas que se sintiesen tan atraídas al conocerse. A medianoche llegaron a un claro del bosque en el que cantaba un solitario ruiseñor. Separados tan sólo por el aire otoñal, él la besó y la callada luz de las estrellas se perfiló con nitidez sobre la cúpula negra cel cielo.

Por la mañana un muchacho vio a Curithir junto a la iglesia y corrió alborozado para hablarle de la batalla de Benn Etair. Curithir dijo entonces a Liadain: "Puesto que he jurado vengar la muerte de mi padre, debo ir. ¿Me esperarás?". "Te esperaré, si Dios quiere", contestó Liadain y Curithir echó a correr por el campo. Ignoraba cuándo podría volver a verla. Liadain le gritó: "¡Recuerda que debes seguir con vida!"

A continuación se dirigió a su pabellón, adornado con flores y hojas, y salió a una huerta próxima para coger manzanas de finales de otoño. Cuando Liadain alargó su fina mano para arrancar la primera manzana, oyó en sus adentros la voz de Dios: El amor verdadero espera. Si el amor no sabe aguardar, es que nunca fue amor. Lo sabrás, pero tan sólo en el momento elegido por mí.

Curithit cabalgó sobre Iala como una exhalación hasta alcanzar a los guerreros de la Rama de Plata a una hora avanzada de la tarde, cuando llegaban ya a Benn Etair. El valle estaba cubierto de una espesa niebla y las cumbres de los cerros parecían islas de un lago.

Acamparon en el interior del valle y, una vez que la noche hubo disipado la niebla, Curithir pudo ver una hoguera enemiga sobre cada colina. Los guerreros de la Rama de Plata estaban rodeados y les llenaba de pesimismo oir el ruido de espadas y el siseo de los vocablos noruegos que llegaban de las colinas. Por la mañana llegaron del mar al valle unos densos nubarrones de tormenta. Rinnich hizo reunirse a todos, pero Curithir se acercó tranquilamente a Aelai y le entregó su capa y el torque de oro para que los guardase, tras lo cual se escabulló por su cuenta a fin de reconocer el terreno.

El rey Rinnich dijo: "Estamos rodeados y hemos de rendirnos si queremos mejorar nuestra situación." Tras un momento de duda, añadió: "Por supuesto, no puedo ser yo el que vaya, pues, si no, ¿quién quedaría al mando?" "Iré yo", dijo adelantándose un paso Ecet, a quien llamaban Ala de Cisne. Los guerreros enjaezaron su montura con bocado y brida de bronce. Ecet se adelantó a caballo y dio tres vueltas en torno al campamento noruego. Desmontó y se acercó a Mjollnir, el jefe de los vikingos, deponiendo la espada a sus pies. Mjollnir recogió la espada, alzó ambos brazos en ademán victorioso y, sin mediar advertencia, hizo caer la espada sobre el cuello de Ecet, decapitándolo. Antes de que su cabeza dejase de rodar, fue ensartada en la punta de una jabalina como señal de burla ante los enemigos.

Los guerreros de la Rama de Plata se sintieron ultrajados y presentaron batalla de inmediato. Aquella fue la batalla de Benn Etair, aunque se la conoce más como la matanza de Benn Etair, pues por cada guerrero que quedó con vida murieron diez.. Sobre los yelmos cónicos se mellaban las espadas y la tierra oscura quedaba aplastada con los huesos de los guerreros. Caía la lluvia sobre sus corazas y los fulgores azulados de los relámpagos llegaban hasta el suelo entre los combatientes. Los caballos relinchaban con ojos inquietos y temerosos y la sangre se derramaba

caudalosa como la lluvia que caía a raudales del cielo.

Curithir era un mar que se debatía contra un río

y contra la furia airada de cien hombres. Aunque los guerreros de Rinnich lucharon aquella mañana con gran valor, hubieron de afrontar la derrota. Después de la batalla, Curithir se dirigió solo a un recodo del río, donde encontró a Aelai con el rostro hacia arriba y los ojos tan hundidos que parecía que se los hubiera arrancado una grulla. Le habían cortado el cuello y el torque de oro había desaparecido.

Curithir se arrodilló para sacar a Aelai del río de sangre. Al ver en su espalda la empuñadura rota de un puñal, se lo sacó y lo lavó en el río. Lo alzó en dirección al sol y el agua goteó desde la punta de la hoja. Curithir vio que tenía los grabados de su gente y en aquel momento supo con amargura lo que era la traición. Abrazó a Aelai y se echó a llorar. De la capa de Aelai cayó una gema de color púrpura, una amatista,

rechinando contra una piedra del río. Curithir alargó la mano para recogerla y la examinó con admiración. Apretó la gema en su puño y un dolor le recorrió el costado al tiempo que un súbito calor atravesó su mente. Se levantó y vio que lo habían rajado en la batalla y que le corría sangre por la pierna abajo. Alzó la mirada al cielo un instante y cayó desplomado entre los muertos.

FIN 2ª Parte

9 Mayo 2009

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1ª Parte

En el norte de Irlanda, hace mucho tiempo, hubo un muchacho que vivía en una aldea de la ondulada tierra silvestre próxima al mar.

Su nombre era Curithir y vivía con su padre, que se llamaba Duborchu, y con su hermano menor Aelai. En el centro de la aldea se perfilaba sobre el cielo un monasterio

de piedra desgastada por el mar y diseminadas a su alrededor se aferraban al suelo muchas pequeñas casas que acusaban el paso de los años.

Una noche asomó reluciente la luna de entre las altas y delgadas nubes. Tocaron las campanas de la torre.

Con la llegada del claro de luna, las hermosas voces de los monjes que lo habitaban se alzaron desde el monasterio como el humo de una chimenea entonando conceptos divinos: Ave María, gratia plena, Dominus tecum, Virgo serena; que significa "Salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo, Vírgen serena".

En la costa, las olas seguían desplomándose sobre la playa, filtrándose en la arena y barriendo las piedras al regresar al mar. En aquella aldea se respiraba una gran paz. Las voces que ascendían y el romper de las olas eran sonidos que Curithir había escuchado todas las noches de su vida tendido en su lecho de paja. Aquella noche nada se movía en el pueblo a excepción de un curioso

perro alto y delgado, de color marrón y con dos patas blancas, que iba trotando por un camino muy hollado que bordeaba el océano. De repente se detuvo, adelantando las orejas y dirigiendo su aguda mirada hacia el mar.

A lo lejos había tres extraños barcos anclados con gruesas sogas bajo el claro de luna y entre sus mástiles brillaban intermitentemente las estrellas. El perro ladró a los numerosos guerreros vikingos que se encaramaban a esquifes de madera y remaban hacia la costa. Tras reunirse para formar un grupo, los vikingos treparon las angulosas rocas y caminaron hacia la aldea dormida, aferrando con firmeza sus pesadas armas para que no delatasen su presencia al entrechocar unas con otras

Se lanzaron sobre la aldea como una manada de toros furiosos. Las carreras, los gritos y el choque de los aceros despertaron a Curithir en el preciso instante en que su padre llegaba apresurado del exterior. "¡Huye ahora mismo a esconderte en el bosque!", le gritó mientras tomaba de la pared una espada y salía de nuevo. Curithir se levantó enseguida y fue a despertar a su hermano Aelai, que dormía en el rincón opuesto. Al hacerlo, un grito angustioso surcó el aire. Curithir miró a su alrededor y vio a su padre arrastrándose hacia adentro valiéndose tan sólo de los brazos y dejando tras de sí un largo reguero de sangre.

"Acércate -le dijo Duborchu con el aliento teñido de sangre-. No temas a la muerte ni a los vikingos. Escucha". Tomó en sus manos una caja de madera y de ella extrajo un pesado collar de oro.

Era un torque de los que usaban los guerreros en las batallas, un objeto asombrosamente macizo, de tres dedos de grosor, con engarces de gemas de colores y complejas incrustaciones de plata. "Este torque viene de muy antiguo -dijo Duborchu- y los reyes lo buscan desde hace siglos. Como ya te habré contado muchas veces, eres descendiente de Cu Chullain, el guerrero más importante de Irlanda, que consiguió hacerse con la victoria él solo en la guerra del Tain. Este torque le perteneció, debes protegerlo y proteger a tu hermano". Tras una pausa, y gracias a la gran fuerza que tenía, añadió: "Ahora vete y deja mi alma al cuidado de Dios".

Por la mañana seguían ardiendo muchos fuegos entre las humeantes ruinas. Los vikingos zarparon y se perdieron de vista en el horizonte septentrional llevándose veinte monjes como esclavos.

Habían destruido el monasterio y habían arrojado al mar las sagradas escrituras y los evangelios que los monjes custodiaban. Dos días después, Duborchu fue enterrado en una estrecha tumba en un lugar en el que riñen las chovas de negro plumaje entre las altas hierbas amarillas.

Aunque permaneció de día y de noche junto a la tumba, Curithir no lloró. Duborchu había criado él solo a Curithir y a Aelai, dándoles a conocer las hazañas del antiguo guerrero. Les había contado la hazaña de la jabalina y la cuerda, la del trueno, la del filo de la espada y otras muchas. Aunque a ambos les enseñó a ser valientes, era Curithir quien poseía dotes extraordinarias y lo aprendía todo con facilidad. Curithir llevaba la vida muy a flor de piel y hasta los animales salvajes percibían que su espíritu poseía una luz oculta que, al tornarse llama mediante un soplo, podría oscurecer las estrellas.

Tras guardar treinta días de luto,

Curithir y Aelai partieron hacia los acantilados de Eorgh montando a Iala, la yegua negra.

Gráciles y delgados como dos medialunas, ambos cabalgaban sobre el mismo animal. Curithir retorció con una mano las crines de Iala, gritó "¡arre!" y la yegua galopó entre la hierba cimbreada por el viento. Cabalgaron ascendiendo en dirección este por encima de su aldea mientras el sol, asomado entre nubes moteadas, proyectaba en el cielo una corona de luz escarlata. Los campos en barbecho se iluminaron adoptando el color de una corona envejecida y ellos avanzaron cada vez más deprisa por los montes mientras la luz del sol proyectaba en ángulo bajo su enorme sombra presurosa sobre las colinas y cerros de Irlanda.

"¡Mira!" -exclamó Aelai en cuanto llegaron al acantilado. Curithir pudo entonces divisar al otro lado del mar la silueta azulgrisácea de Escocia. "¡Fíjate bien!". Ambos contemplaron los ondulados montes que descendían hacia el sur cubiertos de un suave manto de hierba. Los hermanos se colocaron al borde del precipicio y, cuando el sol se ocultó tras la marcada línea del horizonte, saltaron los dos a la vez, cayendo al agua rugiente. Cierto es que el sol poniente nos hace pensar en la inmortalidad. Quizá Dios crease la naturaleza de tal modo que, al término de cada día, el sol represente una muerte simbólica. Quizá Dios colocase el sol en el cielo para recordarnos nuestra vida de mortales y para que quienes tienen ojos vean. Desde la muerte de Duborchu, Curithir sentía un deseo intenso y doloroso, pero siempre que escudriñaba su mente para buscarle propósito, se desvanecía. Vadeó por las gélidas aguas hasta una playa semicircular de arenas blancas y le habló en silencio a Dios. "Yo no sé nada -, pero muéstrame cómo vengar la muerte de mi padre antes de que los vikingos maten a más personas de mi pueblo".

Los jóvenes acamparon para hacer noche y por la mañana les despertó el ruido de cascos y el entrechocar de escudos. Curithir se levantó y vio que cabalgaban hacia él tres hombres con yelmos de forma cónica. Los guerreros llevaban espadas refulgentes y vestían de azul y amarillo con bordados de plata. Curithir sintió temor y tiró de su camisola de lino intentando ocultar sus pies descalzos.

El primer guerrero desmontó e hizo su acostumbrado saludo de paz clavando la espada en el suelo junto a su costado. Curithir hizo otro tanto, aunque su espada no era más que un juguete de la infancia y la hoja se rompió al chocar con el suelo. "Decidme, en nombre de Dios, ¿cómo puedo llegar a ser como vosotros?", preguntó Curithir. "Si quieres decir guerreros, siervos de un rey, todavía eres muy joven", dijo el guerrero. Curithir le explicó: "Soy joven, pero mi padre me ha preparado para la batalla." Los guerreros prorrumpieron en carcajadas. "Imaginaos... dos campesinos palurdos que no saben nada de las hazañas de la guerra", dijeron, dándole la espalda. "Pero... -dijo Curithir- ¿no podés decirnos dónde podemos aprender?" "En el sur", se limitó a decir el guerrero mientras se alejaba cabalgando con los demás, sin parar de reirse.

A la mañana siguiente Aelai y Curithir llenaron sus hatillos de salmón, bayas y agua. Curithir montó a Iala y Aelai subió a la grupa tras él. Curithir echó las riendas sobre los hombros de la yegua y se pusieron en marcha. En toda muerte hay también un nacimiento. Aunque la muerte de Duborchu había acabado con todo lo que podría haber sido Curithir, también le había insuflado una nueva vida. Su encarnación era completa: siempre que en su vida había incidido la duda, había adquirido certeza. Ahora estaba seguro de que, al margen de lo que pudiera acontecerle, se desenvolvería como guerrero al servicio de un rey y viviría o moriría por ello.

Tras muchos días de viaje, los hermanos sintieron cansancio. Al llegar la sexta tarde se detuvieron. Curithir construyó un refugio con ramas y cubrió a Aelai con una gruesa manta. Encendió una hoguera y estuvo junto a su hermano hasta que éste se durmió. Al anochecer sobre su campamento, Curithir oyó sonar a lo lejos un arpa y una voz angelical que cantaba:

Curithir avanzó en dirección a aquella voz hasta que divisó una iglesia de piedra que elevaba al cielo su forma puntiaguda.

Cruzó el campo, llegó a la puerta y se asomó al interior. Sentada junta al arpa había una mujer ataviada con un vestido largo de seda verde. Llevaba el pelo recogido en dos trenzas doradas y la luz de las velas producía destellos sobre las hebillas de oro de sus sandalias. Sus manos blancas manejaban las cuerdas del arpa con dulzura.

"Tengo ante los ojos un espectro o un ángel -pensó Curithir-, pues no hay ser terrenal capaz de producir este sonido". Al terminar la canción, Curithir estaba solo a la intemperie y emitió un suspiro quedo, no más fuerte que el sonido de un libro al pasar la página, pero la mujer alzó de repente la mirada a la fría oscuridad y unos puntos dorados reflejaron en sus ojos las llamas de las velas. ¿Podría ella verle? Curithir tuvo la sensación de haber sido tocado por una mano. Se quedó parado un instante ante su mirada y después echó a correr, abrumado, pues jamás había visto una mujer así.

Ya en su campamento, atizó la hoguera y se tumbó. Estuvo allí tendido sin poder dejar de pensar en la figura de la mujer tocando el arpa hasta que ya no supo con certeza si la había soñado o la había imaginado.

Al día siguiente, los hijos de Duborchu llegaron a Temair. Allí, sobre un llano elevado, más de cien guerreros de la Rama de Plata entrechocaban sus espadas en un combate ficticio.

¡Qué feroces eran! A algunos los habían alimentado desde niños con la punta de la espada. El rey Rinnich el de la Lengua Oscura observaba a sus guerreros. Era Ri Tuatha, es decir, rey de un reino pequeño, y conducía con furia a sus guerreros porque estaba esforzándose por obtener el título de Alto Rey de Tara. Al acercársele Curithir, le dirigió una mirada imperiosa. "¿Qué hacéis aquí?" "Queremos ser guerreros -contestó Curithir-. Así lo hemos decidido".

Rinnich silbó y señaló con el dedo.

"Allí tenéis la cocina de los sirvientes. Marchaos, no sea que salgáis heridos". "Venimos preparados, no necesitamos que nos enseñen". "Los niños son siempre muy confiados",dijo Rinnich. El sol brilló sobre el torque de Curithir, haciendo que Rinnich se fijase en él. "¿De dónde ha sacado semejante torque un joven descarriado?", le preguntó. Curithir se llevó las manos al cuello. "Este torque -contestó- perteneció a Cu Chullain y yo soy descendiente suyo. Muchas generaciones de hombres lo han buscado".

Scathach, el sobrino del rey, gritó a Curithir, intentando arrebatarle el torque: "¡Menuda presunción! ¡Insultas al mejor nombre de Irlanda!"

Sin embargo, al rey Rinnich le interesó su reivindicación de un linaje regio y dijo a Curithir: "¿Es cierto que llevas la sangre de Cu Chullain?" "Así es", contestó Curithir.

Se había congregado un pequeño grupo de guerreros y uno de ellos dijo: "¿Cómo, si no, iba a tener él un gran tesoro de Irlanda?" otro dijo: "Pero, ¿por qué un descendiente de Cu Chullain no ha llegado a ser rey?"

Curithir guardó silencio. "Si, en efecto -dijo el rey Rinnich-, eres quien dices, tendrás que demostrarlo sometiéndote a la prueba de la jabalina. Allí a lo lejos verás un peral -dijo trazando con su espada una raya en el suelo-. Veamos quién de nosotros es capaz de darle a una pera a cincuenta pasos de distancia". Ferbaeth, un jefe de clan, se acercó a la raya con una jabalina, la lanzó y por dos palmos no consiguió darle a una pera de una ramá más baja.

Otros lo intentaron y muchos estuvieron apunto de lograrlo, pero nadie alcanzó ninguna pera.

Finalmente, se le entregó la jabalina a Curithir, que la levantó sobre su hombro y ocupó su lugar en la raya.

En ese momento divisó sobre un cerro lejano, vestida de color escarlata, a la mujer que había visto en la iglesia la noche anterior. Después de mucha concentración, corrió diez pasos hacia adelante, echó hacia atrás el brazo y con gran fuerza lanzó la jabalina hacia el cielo. El vuelo de aquella jabalina fue toda una canción y todavía hoy se lo recuerda en Irlanda: no avanzó temblorosa ni agitada sino que se remontó con perfecta estabilidad trazando una raya oscura en el cielo. Se alzó muy por encima del peral y los presentes se echaron a reir, pero la jabalina siguió ascendiendo aún más moviéndose, al parecer, a su albedrío. A tres veces cincuenta pasos más allá del árbol una liebre

emprendió una carrera por el campo y la jabalina cayó sobre ella, dejándola clavada al suelo. Todos sintieron asombro. Curithir se volvió hacia ellos y dijo: "La fruta no es suficiente reto para un guerrero de verdad". Algunos de los presentes se preguntaron quién era aquel joven y otros pensaron que su orígen no podía ser natural. Otro, elevando su voz por encima de los demás, dijo: "¡Por fuerza ha de llevar la sangre de Cu Chullain!" El aire se llenó de júbilo y los guerreros levantaron el hombros a Curithir. La fiesta bajo las estrellas duró hasta muy avanzada la noche y todos dijeron a Curithir: "eres la esperanza de Irlanda".

FIN DE LA 1ª PARTE

20 Abril 2009

LA LEYENDA DEL MURCIELAGO

Si eres de esas personas que más de una vez se han quedado maravilladas observando la belleza de una mariposa

o los colores de un pavo real,

te sorprenderá saber que esa belleza no es más que la sombra de lo que una vez fue el murciélago: el ave más bella de la Creación.

 

Aunque de esto hace tanto tiempo que ni los más viejos lo recuerdan, ni siquiera los abuelos de los más viejos tendrían esa imagen. Sólo buscando entre los manuscritos antiquísimos

conservados en viejas bibliotecas encontrarás referencias a la historia que aquí se cuenta. El murciélago al principio era tal y como lo conocemos hoy y se llamaba biguidibela (biguidi = mariposa y bela = carne; el nombre venía a significar algo así como mariposa desnuda). Un día frío subió al cielo y le pidió plumas al creador, como había visto en otros animales que volaban.

 

Pero el creador no tenía plumas, así que le recomendó bajar de nuevo a la tierra y pedir una pluma a cada ave.

Y así lo hizo el murciélago, eso sí, recurriendo solamente a las aves con plumas más vistosas y de más colores. Cuando acabó su recorrido, el murciélago se había hecho con un gran número de plumas que envolvían su cuerpo.

Consciente de su belleza, volaba y volaba mostrándola orgulloso a todos los pájaros, que paraban su vuelo para admirarle. Agitaba sus alas ahora emplumadas, aleteando feliz y con cierto aire de prepotencia. Una vez, como un eco de su vuelo, creó el arco iris.

Era todo belleza. Pero era tanto su orgullo que la humildad quedó sin lugar en nuestro murciélago, que cada vez se tornaba más ofensivo para con las aves. Con su continuo pavoneo, hacía sentirse chiquitos a cuantos estaban a su lado, sin importar las cualidades que ellos tuvieran.

Hasta al colibrí le reprochaba no llegar a ser dueño de una décima parte de su belleza. Así hasta que el Creador, viendo que el murciélago no se contentaba con disfrutar de sus nuevas plumas, sino que las usaba para humillar a los demás, le pidió que subiera al cielo, donde también se pavoneó y aleteó feliz. Aleteó y aleteó mientras sus plumas se desprendían una a una, descubriéndose de nuevo desnudo como al principio. Durante todo el día llovieron plumas del cielo,

y desde entonces nuestro murciélago ha permanecido desnudo, retirándose a vivir en cuevas

y olvidando su sentido de la vista para no tener que recordar todos los colores que una vez tuvo y perdió.

 

(Leyenda tradicional mexicana - Oaxaca)

2 Abril 2009

 

LAS LÁGRIMAS DE POTIRA

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Mucho antes de que los blancos llegaran a las tierras menos pobladas del interior de Brasil, ya vivían allí muchas tribus indígenas, en paz o en guerra, cada una siguiendo sus costumbres.

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De una de estas tribus, en paz con sus vecinos desde hacía tiempo, formaban parte Photobucket Potira, una hermosa india agraciada por Tupá con la hermosura de las flores,

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e Itagibá, joven fuerte y valiente.

Era costumbre de la tribu que las mujeres se casasen pronto Photobucket y que los hombres lo hicieran al convertirse en guerreros. Photobucket Cuando Potira llegó a la edad de casamiento, Itagibá adquirió la condición de guerrero. Ambos se amaban, habían decidido compartir sus vidas, compartir sonrisas y momentos difíciles, ser compañeros. Y aunque otros jóvenes también suspiraban por Potira, ella no tuvo dudas, y se unió con Itagibá en una gran fiesta.

Eran tiempos tranquilos y la felicidad les acompañaba. Los periodos de separación que coincidían con viajes para contactar con otras tribus o con cacerías, hacían que volvieran a verse después con más ganas, que se unieran más de lo que ya estaban. La alegría de cada reencuentro compensaba las noches a solas.

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Llegó un día, sin embargo, en el que el territorio de la tribu fue amenazado por vecinos que codiciaban la abundante caza que había en él, e Itagibá partió con sus hombres para la guerra. Potira vio alejarse las canoas río abajo,Photobucket preparadas para el enfrentamiento, sin saber qué sentía exactamente, aparte de la tristeza de separarse de su amado sin una fecha concreta a la que aferrarse esperando su vuelta, sin poder contar los días... Pero no lloró como las ancianas de la tribu, quizá porque nunca había visto ninguna otra guerra.

Todas las tardes iba a sentarse a la orilla del río, esperando pacientemente, tranquila. Ajena a las risas de los niños, Photobucket solo esperaba, escuchaba el rumor de las aguas del río queriendo oír en ellas el sonido de un remo batiendo en el agua, imaginando el dibujo de una canoa recortándose en la lejanía. Cuando el sol se ponía, retornaba al poblado con la imagen de Itagibá aún en mente, sonriendo pues en cierto modo había pasado con él la tarde...

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Fueron muchas tardes iguales, una tras otra, y el dolor de la nostalgia se iba imponiendo. Pero cada tarde volvía con la misma ilusión al encuentro de su amado, y esa esperanza hacía que cada mañana siguiera levantándose y cumpliendo sus tareas con una sonrisa en los labios, porque a la tarde se reunirían. Y si no era esa tarde, sería la siguiente...

Una de las tardes en las que Potira escudriñaba el horizonte en busca de esa sombra recortándose en él, el canto de la araponga retumbó en los árboles.Photobucket

Y el rostro de Potira se ensombreció, y su sonrisa se perdió en las aguas del río. Porque todos saben que el canto melancólico de la araponga solo anuncia acontecimientos tristes, y nuestra india, bella como una flor, Photobucket codiciada por tantos hombres... supo que eso ya no importaba, que nada importaba, porque el araponga había anunciado la muerte de Itagibá. Y por primera vez lloró.Photobucket Sin decir palabras, como no habría de decirlas nunca más. Lloró, lloró y siguió llorando, y las lágrimas que descendían por el rostro Photobucket fueron haciéndose sólidas y brillantes a su paso por la cara y el aire, yendo a parar al lecho del río por el que Itagibá había partido.

Y se dice que Photobucket Tupá, conmovido, transformó esas lágrimas en diamantes, Photobucket perpetuando así el recuerdo de un amor intenso y puro. Y así fue como a la llegada del hombre blanco, le recibió una tierra en la que las pasiones abundaban... y que seguía guardando las valiosas lágrimas de Potira a las que tanto valor se daría después... pero olvidando su origen.

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(Leyenda Tradicional Brasileña)

17 Marzo 2009

EL AQUELARRE

17 mar 09 En: Leyendas

EL AQUELARRE

El cielo era tan oscuro como el carbón y en él titilaban las estrellas con guiños incomprensibles. No había luna. La brisa fría y cargada de humedad azotaba las mejillas de Valeria, desordenaba sus largos cabellos castaños y le producía ligeros estremecimientos. Caminaba por el bosque cercano a su casa, con el camisón ondeando alrededor de sus tobillos desnudos. Iba descalza y las piedrecillas del suelo le causaban cortes y magulladuras en las plantas de los pies.

Había despertado en mitad del bosque, estirada bajo un árbol viejo y nudoso que movía sus ramas al compás de la brisa. No sabía cómo había llegado allí, ni qué hacía allí. Incluso, sabiendo que se hallaba cerca de casa, había perdido toda noción de lugar y era incapaz de orientarse.


Y entonces escuchó el cántico, como un murmullo de agua, arrastrado por la brisa. Y se había dejado guiar por él, sin saber a dónde iba o por qué, ni qué le esperaba más allá de los árboles.

En lo más profundo de la espesa arboleda se abría un claro. Un claro iluminado débilmente por la luz rojiza de antorchas. Temerosa, aunque atraída hacia el lugar, Valeria se parapetó tras unos arbustos y contempló la escena que se presentaba frente a ella. Doce mujeres de edades muy dispares, desnudas y con el cabello suelto, ejecutaban una extraña y curiosa danza, acompañada de un cántico, el que ella había oído y seguido. Un cántico que no estaba formado de palabras, sólo sonidos, sílabas sin significado para Valeria. En el centro del círculo de mujeres había un ídolo de piedra, cuyos ojos refulgían con el brillo de los rubíes.

Alguien, en el grupo de mujeres, sintió la presencia de Valeria. La danza y el cántico cesaron y las mujeres se apiñaron en conciliábulo durante unos instantes. Luego se separaron y las dos más mayores se acercaron directamente a los arbustos que escondían a Valeria. No le hablaron, simplemente tendieron las manos hacia la chica. Parecían darle la bienvenida. Y aunque no hubo palabras, Valeria percibió lo que querían de ella, como si existiera entre ellas un lazo telepático.


Estremeciéndose, Valeria aceptó las manos que se le tendían y siguió a las mujeres. Caminaron las tres lentamente, cogidas de las manos, Valeria temiendo y deseando aquel contacto. Las dos mujeres la condujeron hasta el ídolo de piedra y, suave pero firmemente, la hicieron arrodillarse frente a él. Los ojos de Valeria quedaron a la altura de aquellos fríos y fieros ojos de rubí, encastrados en la piedra del ídolo. Y se perdió en ellos. Viajó, sin moverse del sitio, a otros lugares y otros tiempos. Se vio a sí misma, vestida con ropas anacrónicas, frente a un hombre corpulento, alto y enjuto, vestido de negro de cabeza a pies, que la miraba con ojos severos pero llenos de lujuria. Luego sintió las ataduras que rasgaban la piel de sus muñecas y tobillos, y el humo acre de una hoguera. Y el calor del fuego que ya lamía su piel, codicioso. Y supo qué le había llevado al claro del bosque, quién era y cuál era su destino. Sus ojos, cuya mirada había permanecido vidriosa durante un rato, volvieron a la vida. Miró a su alrededor, contemplando los rostros inexpresivos de las mujeres congregadas. Volvió a posar sus ojos sobre el ídolo pero este ya no era tal. Una oscura figura humana, alta y de complexión delgada, había sustituido al ídolo de piedra. En aquella oscura silueta refulgían dos brillantes ojos. Valeria cerró los suyos y sintió un tacto suave y frío en su piel. El camisón resbaló de sus hombros y cayó al suelo, alrededor de sus tobillos. El cántico volvió a escucharse en la quietud de la noche mientras Valeria se hundía en la negrura más profunda, llevada por mil sensaciones nuevas y extrañas.


Cuando Valeria despertó, la luz del sol entraba a raudales por la ventana de su dormitorio. Despertó sintiéndose incómoda, mareada, con el cuerpo bañado en sudor.

Había tenido unos extraños sueños en los que el miedo y el placer estaban confusamente mezclados. Recordaba algunos detalles con extraordinaria nitidez y otros apenas eran destellos fugaces de la memoria. Algo que sí recordaba con claridad era el brillo ígneo de unos ojos.


Se levantó, dispuesta a darse una buena ducha, y al retirar los cobertores descubrió que las sábanas estaban manchadas de tierra húmeda. Y observando su entorno con mayor detenimiento, descubrió pisadas manchadas de tierra, sus pisadas, y ramitas y hojas secas esparcidas por el suelo de la habitación. ¿No había sido todo un sueño? ¿Quizá había vagado sonámbula por el bosque? No conocía la respuesta. Entró en el baño y se desnudó, haciendo ademán de tirar el camisón en el cubo de la ropa sucia. Pero le pareció observar que estaba desgarrado y lo miró más atentamente para asegurarse de que era así. Lo era. Con el camisón en las manos se miró en el espejo de cuerpo entero que había en la pared. Este le devolvió la imagen aterradora de una mujer demacrada, con enormes ojeras bajo los ojos oscuros y el cabello totalmente blanco. Y sobre el seno izquierdo, como marcada a fuego, descubrió una señal extraña de color rojizo. La tocó con las yemas de los dedos. Estaba caliente y parecía palpitar. El contacto de sus dedos con el extraño símbolo le trajo imágenes a la mente que le aseguraron que nada había sido un sueño. Aquella había sido la primera noche de muchas más, muchas más noches sin luna en el claro del bosque. Ahora ella era una más, la que esperaban, la que faltaba para completar el círculo de trece.


Fuente: http://embrujando.iespana.es/embrujando/leyendas.htm ©1999 Susana García

19 Febrero 2009

19 feb 09 En: Leyendas

EL COLLAR DE LA ENCANTADA

En la Murcia visigoda vivía una joven condesa llamada Ordelina, prometida desde niña al noble Sigiberto según los dictados de su padre. Sucedió que el padre de la doncella murió poco antes de que se celebrase la boda, con lo que la heredera, viéndose libre del compromiso contraído con Sigiberto, decidió casarse con su rival. La ceremonia se celebró la víspera de San Juan, aún recientes los funerales del padre.

Y estaban a punto de consumar la unión en esa noche mágica cuando el espíritu furioso del padre se les apareció,

y reprochándole a su hija la traición y la impaciencia para celebrar su boda, arrancó su alma del cuerpo en brazos de su esposo, quien se encontró abrazando a un cadáver. El alma encantada de la doncella fue recluida, junto con sus joyas y sus pertenencias, al lugar conocido como Benamor, en una caverna escondida tras un peñasco de donde solo podría salir unas horas, siempre en la noche de San Juan. Y ahí la dejó, custodiada por un enorme esclavo fantasmal.

Durante muchas generaciones, siempre hubo alguien que decía haberla visto deambular por los alrededores de su cárcel eterna, como un espectro que se paseaba cubierto de joyas, arrullado por el murmullo del agua que manaba de una fuente cercana, siempre en la noche de San Juan, siempre desapareciendo apenas llegaban las primeras luces del alba. Y aunque el espectro jamás mostró animosidad hacia nadie, pocos se atrevían a acercarse al lugar maldito. Pasaron años, siglos, conquistadores que iban y se marchaban de Murcia. Y así, cuentan que en el siglo XV de nuevo otra joven de singular belleza habitó las cercanías de Benamor. Hija del comendador de la villa, siendo tan hermosa como era, no eran pocos sus pretendientes, a los que ella no tomaba demasiado en serio y con los que jugaba, caprichosa y consciente de sus encantos.

El más constante de ellos, don Pedro López de Villora, decidió poco antes de San Juan pedirle que definiera de una vez sus intenciones. Y ella no tuvo mejor idea que pedirle que le trajera el collar de perlas que se decía que lucía el espíritu de la dama de Benamor cuando paseaba las noches de San Juan, en prueba de su amor.

Pero don Pedro era un valiente guerrero, que no podía amedrentarse y mucho menos tratándose del espíritu de una doncella que, a buen seguro, ningún daño podía hacerle. Así que acudió en la fecha señalada a los alrededores de la cueva maldita, de donde, en efecto, vio salir casi flotando a una dama pálida, lánguida... aunque sin la joya preciada en su cuello. Se acercó entonces a ella y le habló de cómo necesitaba su collar para alcanzar el amor soñado, mientras la muchacha espectral le miraba, entre divertida, entristecida y sorprendida por la valentía -y la impertinencia- del muchacho.

Habiendo escuchado la historia, ella volvió sobre sus pasos y entró en la cueva seguida del caballero, descendieron por unas escalinatas labradas en la misma piedra y llegaron a una puerta que la mujer golpeó suavemente.

La abrió el fantasma negro que llevaba guardando a la mujer todos estos años, pero se mantuvo quieto, a la espera. Y mientras don Pedro empezaba a sudar y a temblar ante la presencia del peligroso ser con el que no había contado, la mujer entró en la sala, abrió un cofre y sacó de él el collar que le había pedido, dejándolo en sus manos. Pero entonces el guardián espectral susurró con una voz gélida que parecía introducirse directamente en uno, más allá de los huesos, que nada de cuanto en ese lugar se hallaba podría volver jamás al mundo de los vivos.

Don Pedro, nervioso y frustrado por estar tan cerca de su objetivo, lanzó una estocada con su espada al lugar donde debiera haberse encontrado el corazón de la figura... para verse envuelto al instante en una nube oscura de humo que le asfixiaba. Lo último que oyó fue el llanto suave de la mujer espectral.

A la mañana siguiente unos pastores encontraron el cuerpo del joven enamorado muerto y sin ninguna señal de violencia, y lo llevaron al pueblo. Y nuestra caprichosa protagonista, sabiéndose responsable de haber llevado a la muerte a don Pedro, quedó al instante muda de por vida.

Cuentan aún que en la noche de San Juan sigue paseándose la dama de Benamor... pero hace tiempo ya que nadie ha vuelto a intentar hacerse con ninguno de los tesoros que se ocultan en su morada. Saben que son solo para el disfrute de los muertos.

Fuente:

Leyenda tradicional murciana, recopilada por Juan García Atienza

14 Enero 2009

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En Irlanda, hace ya mucho tiempo, el rey Connacher,

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de la familia Ulster, se encontraba en el Gran Salón de su palacio subido a una tarima hecha con madera de viejos robles. Finalizado ya el día, el crepúsculo marcaba el comienzo del Samhain. Más de mil personas se habían congregado y reinaba una alegre algarabía mientras los criados del rey se preparaban para la primera noche de la fiesta.
Los caballeros del rey, los Caballeros de la Rama Roja, habían dejado sus armas y sus cotas de malla para unir sus voces entonando canciones de grandes aventuras. A pesar del regocijo imperante,
Photobucket Cathbad, el druida, se encontraba solo en la ventana arqueada de piedra contemplando con mirada distante el otro mundo. Tan sólo Malcolm,Photobucket el arpista del rey, se sentía tranquilo, pues tenía a su esposa Elva embarazada. Estaban sentados los dos en un rincón oscuro del Gran Salón, conversando cariñosamente en susurros.

El rey Connacher alzó su cuerno de vino con ademán de grandeza. Cuando ya se disponía a pedir que comenzase la ceremonia, se oyó un penetrante grito y la estancia quedó en completo silencio. Los caballeros más veteranos desenvainaron sus armas, prestos para la lucha.

-No os mováis -ordenó el rey-. No deis un solo paso hasta que no sepamos la causa de ese ruido.

Cathbad avanzó hacia el Gran Salón y alzó su bastón. Se quitó la capucha de la capa y sus cabellos plateados reflejaron el claro de luna. Su rostro, arrugado como una manzana en invierno, se alzó pausadamente y le dijo al rey:
-He estado observando esta semana las nubes, la edad de la luna y las posiciones de las estrellas.
Se acercó después al lugar en que estaba recostada Elva. Le puso la mano sobre el vientre y dijo:

-Es el bebé el que ha gritado. No es un bebé corriente. Es una niña de gran belleza y su nombre será Deirdre. De su belleza surgirá una afilada espada que partirá el árbol de Ulster. Los reyes querrán desposarse con ella y será un desastre. La Rama Roja se dividirá y habrá luchas y guerras por su causa.

Dicho esto, se retiró de nuevo a su contemplación del firmamento.

-¡Que muera esa niña! -gritó uno de los caballeros-. ¿No vale acaso menos la vida de un niño que la destrucción de muchos? ¿Qué decís vos, rey Connacher?
El rey sabía que las profecías del druida eran exactas, pero la curiiosidad que le produjo una belleza tan extraordinaria pudo más que él. Se dirigió a los presentes y dijo, con voz sosegada:
-No es bueno que los padres vean morir a un hijo. Y tampoco yo debo provocar dolor en el corazón de mis invitados.

Muchos se agitaron, murmurando entre ellos, nada convencidos.

-Esta niña nacerá -continuó el rey-. La mandaré criar en un lugar apartado y yo mismo me desposaré con ella cuando crezca. Estando a mi cargo y siendo después mi esposa no podrá causar rivalidad ni daño alguno. Así conseguiré eludir la profecía.

A las dos semanas nació la niña Deirdre. Antes de que transcurriera un año, el rey hizo construir sobre la ladera de un monte alejado una casa de piedra con el techo de paja. Se plantó alrededor de la choza una estupenda huerta rodeada de un muro circular.

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Deirdre viviría allí cuidada por Levarcham, una joven narradora de historias que gozaba de la confianza del monarca y que también se había criado en casa del rey Connacher. El rey confiaba en ella más que en nadie.
Deirdre se crió en los amplios terrenos de caza. Levarcham le enseñó cuanto sabía sobre hierbas, flores, árboles y cielos y también le enseñó a tocar el arpa y a cantar.
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Deirdre se iba haciendo más paciente y bondadosa cada día. Tenía la piel del color de la miel, como una orquídea dorada. Las mejillas, los labios y las puntas de los dedos mostraban un leve tono de carmín. Contemplarla era descubrir que la mirada se deslizaba, como queriendo aferrar algo de ella que no encajaba con lo demás.
Estimulaba la imaginación con miradas o gestos que otorgaban significado especial a los objetos corrientes. Si se arrodillaba para acariciarle la cabeza a un buen perro de caza, se tenía la sensación de que todos los animales eran bondadosos. Su cuerpo revelaba la fuerza de su corazón y era como una mina sin fondo donde poder explorar incesantemente la vida.

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Un día del otoño en que Deirdre cumplía quince años, Levercham le dijo que, una vez cumplidos los dieciséis, se casaría con el rey en la primavera siguiente.

Photobucket Eso la entristeció y la hizo deprimirse. Levercham comprendía su desazón.


-De todas formas, tendrás que casarte con el rey -le dijo-. Será el gran honor de tu vida.
Deirdre suspiraba y se negaba a comer.

Un día, sentada de madrugada junto a la ventana, Deirdre contemplaba una nevada inusualmente temprana. Un grupo de cuervos descendió de pronto a la huerta y uno de ellos se posó en la nieve para darle picotazos a una hermosa manzana que acababa de caer.

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-Vaya -dijo Deirdre-, ese cuervo se parece al hombre que vi anoche en sueños. Tenía el pelo oscuro como las cornejas, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como esa manzana. Él será mi marido.
Pero

Levercham la llamó, haciendo que se apartara de la ventana, y aquella visión se convirtió en un recuerdo.

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Tras aquel lento invierno de cielos grises y trémulos llegó la primavera. Una mañana en que había salido a coger flores silvestres con Levercham a hora temprana, Deirdre oyó una voz que cantaba alegremente. Tres cazadores iban por un sendero que bordeaba el lindero más septentrional del Bosque Real.
A Deirdre le pareció encantadora aquella canción, pero los cazadores no repararon en su presencia. Viéndolos pasar, Deirdre se fijó en el primero de ellos, que era también el más alto. El cazador se adentró de repente en el bosque y los otros dos prosiguieron su camino.

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-Es el hombre de mi visión -dijo Deirdre, incrédula.

A los pocos segundos no fue ya capaz de contenerse más y se recogilo las faldas a toda prisa para perseguir al cazador que se había adentrado solo en el bosque.
Lo encontró en un amplio claro que había en el bosque. Arriba se extendía una cúpula de altos robles cuyas ramas se tendían entre unos y otros sin llegar apenas a tocarse. Notó en el aire plumoso una fuerza para ella desconocida. Se acercó al cazador, que la observaba ya con atención, y alzó la mirada hacia él.

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De reojo vio rayos de luz descendentes, aunque a ella le pareció que salían de la tierra en dirección al cielo. Se le aceleró el corazón al acercar su blanco rostro al de él. Aguardó un instante y después le dio un beso e hizo un pequeño discurso en voz baja:
-Te amaré como en épocas pasadas, cuando Dectera amó al arpista verde y se escapó con él para siempre. Mi beso contraría los deseos del rey y me he escapado de casa sin permiso. Con la luna nueva vendrán a llevarme a su palacio para que sea su esposa.

Debes llevarme lejos de aquí.

El cazador la miró y dijo:
-Yo soy Naois, el mayor de los hijos de Uisnach.
Nunca había visto semejante belleza y temblaba al hablarle, pues se había percatado de la identidad de la joven a quien tenía en sus brazos.

-¿Acaso no recuerdas la profecía del druida? Todavía te da tiempo a regresar.
-Para mí este momento vale más que diez vidas enteras con Connacher.

A Deirdre le bastó con mirarle a los ojos una sola vez. Naois resolvió allí mismo entregarle su amor.


Huyeron juntos y se reunieron con los hermanos de Naois, Allen y Arden, quienes, aunque acogieron de buen grado a Deirdre, temieron por su hermano. Juntos llegaron a la conlusión de que deberían marcharse esa misma noche, por lo que hicieron acopio de provisiones y partieron a toda prisa, trasladándose por mar a su exilio en Alba, es decir, Escocia.

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Naois, Deirdre, Allen y Arden se instalaron en las fuentes del lago Etive.Photobucket

Construyeron una casa de arcilla roja en lo alto de una cascada y le pusieron por nombre Granian Deirdre, que significa "el soleado hogar de Deirdre". Los montañeses de Argyll dieron la bienvenida a los grandes guerreros. Naois atrapaba salmones en el río y ciervos en el valle y Deirdre pensaba que no podría existir nadie tan dichoso como ellos.
Vivieron felices durante muchas lunas.

En Irlanda, el rey Connacher no tenía ya enemigos, pues los había derrotado con la fuerza de las armas o había hecho las paces con ellos, con lo que había afianzado su derecho a gobernar. Su país gozaba de prosperidad, pero él se mostraba inquieto. Dos años después de que Naois se exiliase, acudió una noche a ver a Cathbad. El druida lo escuchó en silencio, pues sabía perfectamente lo que apesadumbraba al rey.


El rey Connacher lo expresó de este modo:

-Nuestros mejores hombres, las tres antorchas gaélicas de Naois, Allen y Arden no están entre nosotros. No es bueno que estén exiliados sólo por causa de una mujer. Pienso enviar a Fergus McRoigh para anunciarles que el rey los perdona e invitarlos a volver a Ehmain Macha para una gran fiesta.
-Que así sea
-dijo Cathbad.

Y así se hizo.

Fergus llegó al lago Etive tres días más tarde portando el mensaje del rey y allí Naois le dio la bienvenida. Fergus comentó las noticias de Ulster. Naois, que deseaba volver a casa más que cualquier otra cosa, sintió una gran nostalgia y fue a ver a Deirdre a un campo verde situado por encima del valle con intención de comunicarle la buena noticia.

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Al escuchar a Naois, Deirdre se asustó mucho. Siguieron conversando hasta que tan sólo quedó un pálido atisbo de luz en el cielo del oeste, pero Deirdre se dio cuenta de que estaba decidido a marchar y de que nada podría hacer para impedirlo.

-Anoche tuve en sueños esta visión: tres cuervos bajaban hacia nosotros desde Emhain Macha. Traían en sus picos tres gotas de miel y se iban con tres gotas de sangre.Photobucket

-¿Qué significa ese sueño?


-Significa que Fergus viene a ofrecernos una paz dulce como la miel, pero las tres gotas de sangre sois Allen, Arden y tú. Connacher es un adulador y la miel es una trampa mortal.

A pesar de aquella visión, Naois decidió regresar a Irlanda.

-Dejaremos a un lado nuestras diferencias -le dijo Naois a Deirdre-

Zarparemos mañana por la mañana.

Deirdre pasó la noche entre sollozos y casi no concilió el sueño.
Por la mañana se reunieron en la costa y Deirdre subió a bordo. Partieron a hora temprana y la niebla se entremezcló con el cielo, adquiriendo la costa de Alba un color azul y después azul claro hasta que poco a poco fueron perdiéndola de vista.
A media noche brillaba ya la luna llena sobre las velas y el viento tiraba de las cuerdas.
Photobucket Deirdre sacó el arpa y entonó una suave canción. Su tristeza hizo callar a los hermanos, que alzaron los ojos al cielo mientras ella cantaba, tendiendo sus corazones a los astros.

Por fin, pudieron contemplar el amanecer sobre los blancos acantilados del norte de Irlanda.Photobucket Una vez en tierra, Fergus se adelantó a caballo para comunicarle al rey que habían llegado los hombres a quieres había llamado.
-Mostradles ahora vuestra bondad -le dijo.
-No estoy preparado para recibirlos -contestó Connacher- Envíalos a la Gran Llanura, a la Posada de la Rama Roja. Mi casa estará lista mañana.

Los viajeros se instalaron. A última hora de la noche, el rey Connacher mandó llamar al guerrero Gelban Grednach.
-Ve a la Posada -ordenó- en la que se hospeda Deirdre esta noche y dime si conserva su belleza. Debo saberlo enseguida.

Grednach bajó a la Posada a toda prisa. Sin aliento, se asomó por la ventana para verlos a los cuatro y se fijó en Deirdre.Photobucket Tan grande era su belleza que jadeó, delatando así su presencia. Naois alzó la mirada y vio a Grednach mirándolos. Cogió unos dados que había sobre la mesa y los arrojó hacia la ventana. Uno de ellos alcanzó a Grednach en un ojo y lo dejó tuerto.

Grednach salió de allí dando gritos y volvió corriendo a donde estaba el rey, que caminaba impaciente por su habitación.
Grednach entró con la cara toda ensangrentada.

-¿La has visto? -preguntó el rey.
-La he visto y, mientras me asomaba, Naois me ha sacado un ojo -contestó, encogiéndose de dolor.
-¿Qué aspecto tiene?

-Os diré la verdad. Aun tuerto, de no ser por vuestra urgente petición mi único deseo habría sido seguir allí contemplándola durante toda la vida.

Connacher montó en cólera e hizo que se reunieran enseguida cien valerosos hombres en su salón.

-Id al instante a la Posada. Matad a los forasteros y traedme viva a Deirdre o moriréis todos.
Los guerreros se aprestaron para la batalla. Pero sin que el rey lo supiera, Levercham
Photobucket había estado oculta entre todos ellos y se adelantó a toda prisa para avisar a los hijos de Uisnach.

-Mis hermanos y yo lo impediremos -dijo Naois al enterarse.
Así pues, hicieron rápidos preparativos para la batalla. Salieron al gran llano armados hasta los dientes, avanzaron por el campo y se escondieron tras una hilera de árboles.

Desde que existe el mundo los hombres llevan milenios guerreando entre sí, pero esa noche no había hombres tan en desventaja como los Hijos de Uisnach. Empero, no es menos cierto que tampoco los había de corazón tan noble. De hecho, si hubiera que medirlos por su espíritu, cada uno de los hermanos equivalía a veinte guerreros normales.

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Los guerreros del rey aparecieron rápidamente en el lindero del llano y los jóvenes héroes entraron directamente en la lid. Sus espadas refulgían en la oscuridad con ígneos destellos azulados, tan soliviantados tenían los ánimos los que habían sido traicionados.
Con el entrechocar de las espadas resultaba imposible distinguir quién desafiaba a quién y la hierba se empapó de sangre hasta quedar convertida en un gran charcho resbaladizo. Al terminar la batalla, los hermanos habían conseguido abatir a los cien guerreros del rey.

Connacher llegó al lindero del llano y prorrumpió en exclamaciones de ira, pero los Hijos de Uisnach y Deirdre ya regresaban a casa atravesando en la oscuridad la gran llanura.
El rey mandó llamar a Cathbad el druida y, esfonzándose por conservar la calma, le dijo:ç

-Detenlos o haré que te destierren para siempre.
Sin decir palabra, Cathbad puso manos a la obra e hizo crecer en la llanura un bosque lleno de tupidos matorrales,
Photobucket pero los hermanos lo atravesaron con facilidad, como si no hubiera más que aire.
Convirtió después la llanura en un mar de aguas gélidas
Photobucket Los hermanos se quitaron la camisa, Deirdre se encaramó a los hombros de Naois y nadaron contra el rugir de la corriente. Su velocidad no disminuyó y los hermanos avanzaron tan aprisa como lo habían hecho antes a pie.Photobucket

Al ver aquello, el rey frunció el ceño y el druida temió por su vida. Alzó los brazos y el mar se convirtió en piedra, disparándose al aire rocas afiladas como espadas que entrechocaban con gran estrépito, como monstruosas muelas de un enorme gigante de granito.

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Los hermanos corrieron sobre las piedras, resbalando y cayendo en múltiples ocasiones. Por último, el más joven de ellos, Allen, lanzó un grito de dolor y Naois lo cargó sobre su hombro derecho, aunque no tardó en morir. Naois no lo soltó sino que siguió llevándolo sobre el hombre. Buscó con la mirada a Arden, pero, para desgracia suya, vio que también había muerto y eso le arrebató el deseo de vivir.
A causa de las heridas o de la pena o, seguramente, de las dos cosas juntas, Naois se desanimó y resbaló entre dos piedras. Tendido entre las hirientes rocas, cayó presa de un total desaliento y murió sin decir palabra. En ese preciso momento, la llanura volvió a ser de hierba.

-Ya se han ido -dijo Cathbad- Los Hijos de Uisnach han muerto y ya no os molestarán más.
Dicho esto, el druida volvió a desaparecer en la noche.

El rey fue a contemplar a Deirdre con sus propios ojos. La encontró arrodillada sobre Naois y sus hermanos, sollozando sin palabras.

Sin dejar que se recuperase de su profundo dolor, el rey ordenó que la llevasen a su palacio y la encerraran. Después hizo cavar una tumba para los hermanos en el mismo lugar en que yacían. Se colocó en aquel lugar un menhir sobre el cual se brabó el nombre de Uisnach.

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Cumplida la profecía, Deirdre permaneció una quincena en la residencia de Connacher. No podía comer ni conciliar el sueño. Transcurridos treinta días, llegó el invierno y un suave manto de nieve cubrió el mundo que divisaba a través de su ventana.
Deirdre pidió a un guerrero que le trajese su arpa y allí, sola en su cuarto cerrado, le cantaba a Naois en voz baja, pues sabía que moriría en cuanto Connacher lo ordenase.

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Dirigiendo la vista a la vasta llanura vacía, cantaba:

En cielos de gélida nieve
por los que vagan vientos de tristeza
arde débilmente un sol rojizo.

Fuiste mi hogar

allá donde yo iba.

En campos verdes
ahora desconocidos
con tu nombre sobre

el menhir,

el amor invita

a una última llamada

cuando la muerte comienza

a caer de la vida.

Los arroyos no van ya
a mareas de mares lejanos.
Un amor no puede envejecer

sin recuerdos:

tus brazos, mi hogar

en que dormía.

En campos verdes
ahora desconocidos,
con tu nombre sobre

el menhir,

el amor invita

a una última llamada

cuando la muerte comienza

a caer de la vida.

Todas mis lágrimas
se despliegan ahora.
¿Cómo podré ahora

envejecer yo sola?

Vierten sus luces los astros polvorientos

cuando desde la vida

va la muerte en silencio

deslizándose lentamente hacia la noche.


Por la mañana, cuando quiso llamarla el rey, Deirdre estaba ya muerta. El rey la hizo enterrar en las colians en que había pasado su infancia. Pero un pequeño grupo de gente acudió de noche, clandestinamente, y la llevó a la Gran Llanura, a otra tumba contigua a la de Naois. Los aldeanos señalaron las dos tumbas clavando sendas estacas de madera en el suelo.
Dos años más tarde, crecían junto al menhir dos hermosos tejos. Aunque entre sus bases había una separación de dos metros, los troncos habían crecido juntos y entrelazados. Unidos por sus ramajes, formaban un solo árbol.

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Aunque el menhir de piedra se convirtió ya en polvo, los árboles siguen aún vivos en ese lugar.

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Sobre Diusti - Cincuentona

Photobucket La amistad ni se conquista ni se impone, porque ésta nace del corazón.

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